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3.24.2009

Carlos Pellegrini

La correspondencia en el campamento

Por Carlos Pellegrini

La vida se deslizaba estéril e inactiva en la monotonía de un largo campamento. Los espíritus más juveniles se sentían enervados por la inacción, bajo la opresión de un sol canicular que fatigaba el cuerpo y engendraba en la tierra, húmeda y caliente, todas las alimañas inventadas para la mortificación del hombre. Nubes interminables de moscas hacían insoportable la vida en las horas del día, y al caer la noche, mangas de mosquitos zancudos, de grillos, de vinchucas hacían oír sus zumbidos y chirridos irritantes, con que parecían llamarse o invitarse al festín de la sangre.

Tenían, sin embargo, esos días de inacción y de nostalgia sus momentos de alegría y de íntimo placer, sólo comprendidos por el que los sintiera alguna vez. Un toque de corneta lanzado desde las carpas del Estado mayor, repetido por las trompas de la división, de regimiento y de cada cuerpo, hacía circular por el ejército un estremecimiento de alegría. ¡Correspondencia! ¡Cuántas emociones agitaban el alma del soldado, desde el genral al recluta, al vibrar en los aires ese toque tan grato, que sonaba como un eco del lejano lugar!

En cada cuerpo, un ayudante abandonaba apresuradamente la carpa, y ciñéndose la espada en el camino, recogía al pasar un par de voluntarios entre cien que se ofrecían, y se dirigía apresurado al Estado Mayor, para regresar con la preciosa carga, que esperaba de pie y ansioso el regimiento entero.

En todo el campamento, el día de la llegada del correo era día de movimiento, de variadas emociones, de alegrías, de tristeza a veces, por la voz de afecciones lejanas que venía a despertar en nuestro seno fruiciones o penas ocultas. Esa mal trazada carta a la amdre, rebosante de cariño, mojada a veces con una lágrima –gota de un mar de ternura-, incoherente por la abundancia de lo que se quiere decior de una vez, todo junto, como si el correo fuera a partir dejando algo sin expresar de ese cariño inagotable; con una posdata que anunciaba la encomienda cuidadosamente preparada y destinada a alegrar más de una hora, convirtiendo en suntuoso banquete el escaso y pobre rancho diario que se ofrecía entonces, sin intendencias lujosas, por una patria pobre a quien con gusto se le daba todo sin pedirle nada. Venía también la carta del padre, que se esforzaba por mostrar seriedad varonil, no pudiendo, sin embargo, disimular su ternura en los mismos severos consejos dados al niño-soldado, declarado hombre de improviso por la ley y por el deber.

A ese ranchito de junco habían llegado también la carta de una madre con su encomienda, y la carta del padre que ocultaba entre sus hojas, cuidadosamente doblado, uno de esos billetes del Banco de la Provincia, amigos de nuestra juventud, rosado, nuevo, hermoso, derramando promesas y alegrías.

¡Gran día!, el contento rebosa en todos los cuerpos. Los oficiales se reúnen en grupos y se invitan al gran banquete de las encomiendas, que en su variedad llenan un menú pantagruélico que se devora en un día con la feliz despreocupación de la juventud.

-¿Y mañana? -¡bah! Será otro día, y se contentarán con el pedazo de carne flaca, única ración que recibía el soldado argentino, salvo los días en que no la recibía. ¡Entonces nadie se quejaba!...

Publicado en la Revista de Derecho, Historia y Letras, Bajo el título de “Treinta años después”, 1896.

3.15.2009

Calles de Buenos Aires

Por Ricardo M. Llanés
La Nación, Buenos Aires, 29 de enero de 1969

Todavía en 1916 no resultaba desacertado repetir con respecto a Buenos Aires aquello de ciudad monótona por su continuada similitud de manzanas sin atractivo alguno; pero actualmente, con su centro Geográfico ubicado fijamente por la Dirección General de Catastro de la Municipalidad exactamente en la finca Nº 1023 de la calle Avellaneda, entre de Cucha - Cucha y General Martín de Gainza, aquel parecer no podría ni siquiera insinuarse en razón de que nuestra metrópoli constituye, no solo por lo multiforme y la variedad de estilos de su edificación cuanto por el orden y diversidad configuradas, una de las capitales de mayor originalidad en sus lineamientos generales de la América del Sur.

En cualquiera de sus barrios puede darse hoy el trazo de la cueva o de la diagonal, gratos al encuentro del pasante no vecino, por su misma desigualdad de línea urbana. En algunos de ellos es el camino ancho que deja ver sus esquinas de figuras triangulares como las que se encuentran en la avenida San Martín, o con los puentes de considerable altura y longitudes gigantes, tales el que vemos en esta misma avenida; el otro en la denominada Sáenz, de color puramente hispano, y el que corre entre las de Almirante Brown y Necochea, con rumbo a los pueblos de Avellaneda, Sarandí y Quilmes.

Más que por los numerosos parques, plazas y jardines, la ciudad nos resulta hermosa por sus rincones atrayentes; los amables refugios que aún no han sido invadidos por los multitudinarios conductores de los diferentes como resonantes modelos de cuatro ruedas. Nos referimos a los entrecruzamientos de callejuelas que contribuyen a que la nota urbanística ofrezca una cierta variedad sorpresiva, como la escalinata del pasaje Server, o como aquellos que se dan en la zona de Nueva Pompeya y rincones de Palermo Chico. Y si Buenos Aires cuenta con avenidas de terrenos extenso y llano como lo es el de las nombradas Cabildo, García del Río, José María Moreno, Corrientes, Francisco Beiró, Pedro Goyena, Gaona, Montes de Oca (desde Martín García hasta el Riachuelo), de los Constituyentes, Castañares, etc., también presenta aquellas de pronunciadas curvas, como las que vemos en las de Córdoba, Borrego, Las Heras, Centenera, Santa Fe, Juan B. Justo y Perito Moreno, entre otras; de subidas y bajadas que se pronuncian en las de San Juan, Canning, Directorio, Boedo, etc., no faltando la de forma de abanico abierto que conforma la hoy llamada Estado de Israel, que recuerda el antiguo camino de carretas rumbo al pueblo de Moreno. Y si de las nombradas avenidas La Plata, Las Heras, Castro Barros, Carabobo, Avellaneda y Cabildo (desde Monroe hacia el oeste), desaparecieron las viejas alamedas frondosas que todavía recordaban los días del Buenos Aires de color rural, felizmente restan otras como las avenidas De los Incas y Salvador María del carril, que pueden admirarse en algunos de sus tramos por la estampa de sus jardines de expresivo corte inglés.

Veamos ahora algunos de los detalles que contribuyen a destacar la nota urbana de la ciudad porteña.

Tres avenidas diferentes

A poco que nos interesemos no dejan de llamarnos la atención, porque siendo una de la más corta, la otra es la más ancha y la tercera la de mayor longitud. Estas tres avenidas son las denominadas, Manuel Quintana, 9 de Julio y General Paz. La primera, llamada República hasta 1907 (y anteriormente Calle Larga de la Recoleta, como lo quería la voz de la tradición) es avenida solamente en el trayecto de dos cuadras, dado que etimológicamente considerado, “avenida es un camino ancho con árboles a sus lados” y esto lo configura la llamada Manuel Quintana, desde Callao hasta la de Junín. La 9 de Julio, que es nuestra más anchurosa vía urbana (140 metros), ofrece la originalidad de constituir una avenida sin esquinas, no obstante extenderse dentro del antiguo núcleo más compacto del damero porteño. La 9 de Julio carece de ochavas edificadas, vale decir que no presenta construcción arquitectónica alguna en ninguno de los encuentros con sus transversales. Esta avenida, que con mayor propiedad consideramos alameda, ya que se llama Paseo de las Américas al conjunto de plazoletas en ambos lados de esta, nos sorprende con esta nota de curiosidad, pues los edificios que se levantan paralelos a su ruta, no le corresponden, dado que son los que dan sus estampas a las calles Carlos Pellegrini, Bernardo de Irigoyen, Cerrito y Lima. Y, si es verdad que vemos en ella la colosal de la fábrica del Ministerio de Obras Públicas, tampoco esta se levanta en una esquina y sí en el mismo terreno que antiguamente daba paso a la famosa calle Del Pescado, la que conocimos siendo ya Pasaje Aroma y que desaparecería con motivo de levantarse la monumental construcción. Y digamos que el tramo de esta avenida (Bartolomé Mitre a Tucumán) que fue en liberarse al servicio público, quedó inaugurado el 12 de octubre de 1937 por el intendente municipal doctor Mariano de Vedia y Mitre, a quien le tocó llevar a la realidad el viejo proyecto que presentara en 1861 don Francisco Seeber, intendente a su vez entre los años 1889 y 1890, y a quien habrá que recordar como uno de los precursores empeñados en realizar la obra que otros más afortunados pudieron llevar a los mejores fines: don Torcuato de Alvear, la avenida de Mayo; don Joaquín S. de Anchorena, la Diagonal Norte (Presidente Roque Sáenz Peña) y don Carlos M. Noel, la avenida Costanera (desde Brasil a Viamonte).

Con respecto a la avenida General Paz (…) su longitud actual, pues aún falta el tramo que deberá unirla con la avenida Costanera, es de 23 kilómetros y medio. En la punta sudoeste de esta avenida se encuentra el llamado Puente de la Noria, y ahora nos resulta muy oportuno el hecho de aclarar en obsequio de la verdadera ubicación del lugar histórico, que el antiguo Puente de la Noria no se encontraba en ese punto y sí entre las actuales calles Telier y Cañada de Gómez.

El laberinto urbano

La ciudad a cuya transformación hemos asistido durante el correr del último siglo, presenta aquí y allá la nota amable de sus calles y pasajes con escalinatas que permiten bajar a ellos, como al nombrado Server; o subir a las que s encuentran dentro del perímetro que abarcara la quinta de Hale (Las Heras, Pueyrredón, Agüero y avenida del Libertador), que fuera adquirida por la Municipalidad en mayo de 1906, para convertirla en paseo público. El gran Parque del Centenario, dentro de su enorme circunferencia, ofrece una configuración de estrella, y allá en Republiquetas, del 5500 al 5900, los pasajes se encuentran y se entrecruzan formando atractivas líneas que tanto hubieran sido del agrado de los artistas, escritores, poetas y músicos que fueron Rogelio Irurtia, Carlos Enrique Pellegrini, Alberto Gerchunoff, Miguel A. Camino, Macedonio Fernández, Alfonsina Storni, Constantino Gaito, Alberto Williams y Baldomero Fernández Moreno, cuyos nombres jerarquizan la armonía de color campestre de ese espléndido lugar.

Pero donde aquellos dibujan recovecos, vueltas de trazos oblicuos, rectos y diagonales, sugiriendo la figura de un curioso como atrayente laberinto, es en el barrio llamado Parque Chas, con sus conjuntos de graciosas casitas y elegantes chalets que, lo suponemos, fueron armoniosamente concebidos con la categoría propia de la familia constructora del hogar moral, moral y socialmente considerado. Este barrio al que se entra y de primera intención no se acierta a salir de él, es original no sólo por sus callejuelas de laberinto: lo es a la vez por la nota de su nomenclatura cuyas leyendas mencionan buena parte de ciudades extranjeras en concierto universal. En efecto, allí se encuentran estos nombres que corresponden a cada una de sus calles: Atenas, Belgrado, Berlín, Berna, China, Dublín, Ginebra, Hamburgo, La Haya, Liverpool, Londres, Marsella, Nápoles, Moscú, Oslo, Tréveris y Turín. Y como en algún tiempo fue conocido también como Barrio Internacional, Avenida Internacional se llamaba la hoy nombrada General Benjamín Victorica que cruza a lo largo de su centro. Como no se parece a ninguno de los otros núcleos suburbanos, el “laberinto”, como damos en llamarlo, es la nota urbanística mejor lograda dentro la extensión que media entre los barrios de La Paternal y Villa Urquiza. Y quien alcance con nosotros a recordar qué era todo eso en los días 1916, ha de sentirse hoy justamente maravillado, pues cómo imaginar siquiera aquel panorama de barrizales, campos de cicuta y algunos hornos de ladrillo entre pantanos y zanjones.

Bien merece entonces que traigamos al recuerdo la estampa del ya extinto martillero don Jerónimo Grosso, que fue quien en 1927 procedió con el tesón y el entusiasmo que le conquistaban amistades, al remate de los terrenos que, como él mismo anticipara, iban a centuplicar su valor, dado que se encontraban en uno de los puntos más hermosos de la capital.

La manzana de las ocho esquinas

Actualmente la ciudad cuenta con 485 pasajes, figurando en esta cantidad aun aquellos que no lo son porque “no permiten el paso público entre dos calles”, tal como lo informa la etimología del término, pero a los que desde antiguo designamos con el nombre de pasaje: así los llamados San Carlos, Huergo, Videla Castillo, Mangiante y otros como Torres, Giorello, etcétera. Aquellos y las calles y avenidas de trazo diagonal que nombramos: San Martín, Perito Moreno, Castañares, Chiclana, Forest, Del Tejar, etcétera, rompen la invariable repetición del primitivo damero, dado que son numerosas que dentro de lo geométrico configuran diferentes formas: la de los dos irregulares triángulos del pasaje Rauch, la de los rectángulos Vieytes y general Hornos y entre otras variadas figuras, la que delinean la perimetría del parque Lezama y del Jardín Botánico.

Empero, la manzana que consideramos digna de curiosidad en razón de la nota original de su trazado, es la delimitada por las calles Zarrayán, Senillosa y las avenidas La Plata y Cobo. Esta es la manzana de las ocho esquinas, en cuyo centro se abre el remanso de una plazuela acogedora; más atractiva si cabe que al salir de ella para entrar en los dos ríos marizados que suben y bajan por la avenida La Plata, es experimentar instantáneamente la sensación de que acabamos de abandonar un lugar que no corresponde a la ciudad de Buenos Aires. Es la misma que en un tiempo fuera conocida con la designación de Barrio Buteler, pues la construcción de las 88 casas para obreros de 3 y 3 piezas que la componían al terminarse las obras del 23 de junio de 1910, fue posible por el legado de la señora Azucena Buteler. Y como aquí el damero está cruzado por dos diagonales que abren sus cuatro entradas o pasajes, cada uno de sus ángulos o puntos cardinales deja ver los perfiles de sus esquinas.

La Buenos Aires actual –conviene que lo digamos a simple título de memoria ilustrativa destinada a los representantes de las últimas generaciones- en nada se parece a la de los repetidos rieles en que corrían los tranvías de tracción animal, pues, y puede ello afirmarse, la ciudad porteña que viera a aparecer en muchas de sus esquinas las primeras posturas del compadrito hecho tango, ha desaparecido por completo, como el farol de querosén y el vendedor de frutas que la cruzaba con su carro y con alargado vozarrón de “durazno a cuarenta el ciento”.

2.02.2009

Pulperías y almacenes de Buenos Aires


Para recordar todas las que se registran en la historia de Buenos Aires, debemos remontarnos hacia el primer cuarto del siglo XIX.

En esa época, cuando aún los pulperos eran españoles, los criollos comenzaban a realizar sus primeras incursiones comerciales en el ramo; entonces, existía en la esquina de Perú y Venezuela la llamada Pulpería del Poste Blanco, por el color con que estaban pintados los postes del palenque.

En la esquina de Federación y Ombú, según la nomenclatura del año 1836 —Rivadavia y Pasco—, se encontraba la vieja pulpería Aleu; otra recordada pulpería fue la de Villarino, ubicada en la manzana ocupada más tarde por el Mercado del Plata.

La Pulpería del Caballito es la de mayor renombre, pero quedará casi olvidada, estaba situada en la esquina de Rivadavia y Emilio Mitre, pero a pesar de casi no recordarse tal pulpería, sí sentó la huella para darle el nombre al barrio porteño actual en esa zona: Caballito.

También recordamos por esa época la Pulpería de la Banderita, ubicada al final de la calle Larga, junto al Riachuelo, que era frecuentada por Esteban Echeverría. Se la recordó durante muchos años, además, porque sobre la calle Larga, se corrían las carreras más famosas de la época, que finalizaban en otra pulpería: Tres Esquinas. Fue en La Banderita, que Ángel Gregorio Villoldo, abandonó el chiripá por el pantalón a la francesa en el año 1880 ( Los grandes planos de la ciudad de Buenos Aires, A. Taullard, 1940).

Tres esquinas

Si existía una pulpería para la largada de carreras, no podía faltar otra en la llegada de la cancha. Tres Esquinas fue, durante mucho tiempo, punto de reunión de los hombres de Barracas y de la Boca que conducían ganado a los Corrales del Sud. La inmortalidad le llegará a esta pulpería por el éxito de un tango en 1940:

Yo soy del barrio de Tres Esquinas
Viejo baluarte del arrabal


La Banderita y Tres Esquinas son el símbolo de Barracas.

La blanqueada

Tan antigua como La Banderita, esta pulpería es el símbolo de otro barrio: Nueva Pompeya. Allí también se detenían los reseros y matarifes que llegaban hasta el puente de La Noria.

Enrique Cadícamo la recuerda en uno de sus versos (Poemas del Bajo Fondo, Viento que lleva y trae, pág. 101, Peña Libro Editor, 1964).

Salga el sol, salga la luna.
salga la estrella mayor,
la cita es en La Blanqueada,
nadie falte a la reunión (…)

Recordando otra estrofa:

Boliche La Blanqueada…
Testigo del pasado, mi recuerdo te evoca.
Hoy eres la tapera que ha enclavado
la esquina brava de avenida Sáenz y Roca.


Allí, en la barriada de Puente Alsina, cercano al barrio de la Ranas, entre compadres y malevos, La Blanqueada era como el club social de los pobres, finalmente, según la guía Kraf del año 1899, la pulpería se convirtió en una chanchería, donde se preparaban todo tipo de embutidos, en ese momento, los propietarios del local respondían a la firma Bautista Selles y Cía.

Los años de La Blanqueada, son tiempos en que la payada es el género popular de la literatura que recorre los barrios, pero ya se va anticipando la forma poética que conducirá a las letras de tango. Por allí pasaron Gabino Ezeiza y Bettinotti. La Blanqueada es un reducto de criollaje cuando ya en Buenos Aires estaban residiendo 800 000 inmigrantes que modificarían las costumbres de los porteños.

La Otra Blanqueada

Tal vez, debería llamársele “la segunda”, estaba ubicada en la intersección de Rivadavia y Bariloche, en el barrio de Liniers, en terrenos que pertenecían a la familia Furt.

Su propietario fue un vasco llamado Miguel Echechiquia, quienes concurrían a la pulpería eran por lo general lecheros de la zona que se acercaban a La Blanqueada con el doble objetivo de lavar los carros, los recipientes y los animales y dejar en depósito el dinero de las recaudaciones diarias.

Según Udaondo, a esta pulpería se acercaban unos trescientos vascos que habían casi convertido a La Blanqueada en un banco privado (Plazas y calles de Buenos Aires, Ediciones de la Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires, 1936).

La Figurita

En principio fue una posta, donde se acercaban aquellos carruajes de las familias que a mediados de siglo viajaban de Buenos Aires a Morón. Estaba en el barrio de Flores, sobre el camino Federación (hoy Rivadavia).

Pulpería de María Adelia

En junio de 1880, en buenos Aires se definía la lucha entre roquistas y tejedoristas, y la meseta de Corrales se cubrió de muertos

Centro de esta acción fue, precisamente, la pulpería de María Adelia.

Los días de junio de ese año acrecientan la lucha por la federalización de Bs. As. Y el campo de batalla de los Corrales convierte a la pulpería María Adelia en un hospital. Su patio amplio, antes expresión de alegría, debe cumplir en esos momentos la triste misión que le han impuesto las circunstancias.

Hay una cuarterta que la recuerda de esta forma

En lo de María Adelia
Hay ginebra y vino puro
Y para salir de un apuro
Nunca falta un guitarrista.


Almacén de la Milonga

Durante el gobierno de Sarmiento —comenta Leopoldo Lugones— malevos como el gaucho Pajarito, el Tigre Rodrigo o el Negro Villariño, elementos destacados de un mundo semiprófugo, probaban su valentía como guardaespaldas de políticos (Historia de Sarmiento, pág. 245, Editorial Bajel S. A., 1945).

Estaba ubicado en la esquina, según la guía Kraft del año 1885, en el número 4002 de la calle Charcas. Su propietario era un gringo llamado Criscuolo. En ese lugar se consagraría un payador eximio: Nemesio Trejo.

También visitó este “boliche” Leandro N. Alem, siempre acompañado de otras figuras importantes de política argentina: Aristóbulo del Valle, Dardo Rocha. Miguel Cané también frecuentaba esta Milonga.

Almacén del Pobre Diablo

Hay dudas sobre la ubicación de este lugar. Juan Silbido, en Evocación del Tango, pág. 147, Fondo Nacional de las Artes, Bs. As., 1964; lo ubica en el bajo de la Recoleta; mientras que para Tullard, en Los grandes planos de la ciudad de Bs. As, Plano Aymez; estaría en la avenida Alvear, rodeado de un enmascarado bosque de sauces, en cuya cercanía andaban los pescadores cuidando sus redes.

El Rancho del Pobre Diablo, a mediados del siglo XIX era atendido por un viejo marinero irlandés —exsoldado de las invasiones inglesas—. Allí asistían los liberales de la época.

Almacén Suizo

En los principios del siglo XIX, los payadores se acercaban a este sitio, entre malezas y yuyos, en lo que hoy es la esquina de Corrientes y Pueyrredón. Allí se floreaba un dúo que atraía a los muchachos porteños por su repertorio picaresco: Ernesto Poncio y el cieguito Aspiazu, con bandoneón y guitarra. También allí estaba la fuerte personalidad del Pibe Ernesto, que siempre estaba dispuesto a cualquier guapeza. Este almacén se convertiría en un baluarte para el avance del tango.

Almacén de la Viuda

Estaba ubicado en la esquina de Humahuaca y Gallo. "Eran tiempos felices del tango de Aróstegui; el Apache Argentino hacía furor en los barrios que se alternaba con las riñas de gallos"; nos cuenta Cadícamo en Poemas del Bajo Fondo.

Almacén de San Juan y Loria

“La mesa del viejo almacén, trasmutado casi en café, se ha colmado esa noche en que ninguno de los muchachos quiere estar ausente; llega Homero Manzi; la imaginación se ilumina y creemos ver a Sebastián Piana, soñando sonidos musicales para sus tangos; junto Piana, se encuentra aquel hombre taciturno y enternecido por la inspiración de alguna letra: es Antonio Sureda, junto a su hermano Jerónimo; frente a ellos, Cátulo Castillo sueña con Musseta y con Mimí (Arturo Jauretche, “Comunicación a la Academia del Lunfardo N.º 62")

También en esas mesas estuvo Enrique González Tuñón.

Fue un almacén – bar símbolo de una parábola histórica que enlaza la vieja pulpería con el café.

10.29.2008

Calles y la Vieja Recova



A dos siglos de la fundación de la ciudad todavía se ignoraba el pavimento. Solo había calzadas de tierra con pronunciados desniveles donde se atascaban las carretas. Las calles en verano eran polvorientas y en invierno se formaban inmensos fangales.

Escribió Juan María Gutiérrez en 1860: “Los que viven en Buenos Aires y transitan por sus cómodas aceras no se imaginan cómo eran esas calles del siglo XVIII. A mediados de este, en 1757, y como consecuencia de una lluvia continuada de 35 días, quedó el vecindario confinado en sus casas, alimentándose de viandas secas como en una plaza sitiada. Formáronse pantanos y tan profundas hondonadas, que se necesitó poner centinelas en una de las cuadras de la calle y torres en las cercanías de la Plaza Principal, para evitar que se hundieran y ahogaran los transeúntes, principalmente los de a pie”.

A todo esto deberíamos agregar que las intensas precipitaciones destruían terraplenes y carcomían las bases de los edificios, las aguas servidas recorrían las calles y los cerdos andaban sueltos

El virrey Juan José de Vértiz y Salcedo, que asumió el poder en 1778, encaró por primera vez el adelanto edilicio de la ciudad, encomendando al ingeniero Joaquín Antonio Mosquera un estudio de nivelación y empedrado. A pesar de la iniciativa, comenzar el proyecto no fue fácil, dado que los vecinos temían que el paso de las carretas por el empedrado conmoviera los cimientos de las casas. Finalmente, los primeros que gozaron de este beneficio fueron los vecinos de Plaza Mayor a San Ignacio (hoy calle Bolívar).

La Vieja Recova

En 1776 —fines del gobierno de Ceballos y principios del de Bucarrelli—, comienza a girar la idea de construir en la Plaza una Recova. El proceso fue lento, la ejecución recién fue autorizada en 1802 por el virrey del Pino y le adjudicó el trabajo al Maestro Mayor de Obras de la Colonia, don Juan Bautista Conde. Consistía en un edificio de dos plantas, de estilo morisco, con cuartos dobles interiores e independientes, los del piso bajo estaban destinados al comercio y los de alto para alojamiento.

Así se concretó la idea de que la ciudad tuviera un mercado de abasto.

La Recova, entonces, dividió la Plaza Mayor en dos partes: La Plazoleta del Fuerte que servía a la fortaleza, y la Plaza Victoria (nombre dado en conmemoración de la Reconquista) frente al Cabildo y la Catedral. Ambas se comunicaban por la arcada central de la Recova.

Cuando pasaron los años y el edificio comenzó a deteriorarse, Rosas, en 1835, la puso en venta privada sin éxito. Medio siglo después, siendo intendente Torcuato de Alvear, se autorizó definitivamente su expropiación para mejorar esa parte de la ciudad. En pocos días se borró la arquería de la Recova Vieja, uniendo de nuevo las plazas de la Victoria y la del Fuerte que, desde el 25 de Mayo de 1811, se llamaba Plaza 25 de Mayo.

La historia de la Recova se puede resumir así: 26 años duró su gestión, fue construida en 9 meses y duró 83 años. Finalmente, fue demolida en 5 días.

10.09.2008

Los cafés de Bs. As. Época colonial (4)

Café Smith

Estaba ubicado en la calle Perú, junto a la Plaza de la Ranchería o mercado del Centro. No solo era café, también se servían comidas; se especializaban en platos ingleses.

El acontecimiento más importante del año 1838 fue el fallecimiento de doña Encarnación Ezcurra, la esposa de Rosas. En Buenos Aires fue un año clave también, por el bloqueo de las potencias europeas que traen como consecuencia la reducción de los recursos fiscales. También se produce una gran crisis ganadera, y se presume que si no existió un levantamiento popular fue el gran temor que el pueblo sentía por Rosas. De todas formas, el porteño, a pesar de la crisis, acude a la inauguración del Teatro Victoria, ubicado en el 954 de la calle del mismo nombre. Tan importantes fueron los problemas ese año que casi no hubo festejos para el día de la Independencia, pero un grupo de jóvenes se reúne en el café Smith en un acto organizado por las Asociación de Mayo. El banquete fue todo un éxito y entre los jóvenes estaba Esteban Echeverría que brinda por las esperanzas del espíritu de julio y por el pensamiento de Mayo. A partir de esa noche, en Buenos Aires, se conocerá al café de Smith como el “Templo de la Libertad”.



Café de la Comedia

En 1792 se incendia el Teatro de la Ranchería y hasta 12 años después, Buenos Aires no logró otra sala teatral. Recién el 5 de febrero de 1804 se prometió a la población la inauguración del teatro Coliseo, que en realidad era el Coliseo Provisional, que por autorización del Virrey Pino, comenzaron a construir don José Speciali y Ramón Aignase, propietario del café Don Ramón. El francés Aignase era el dueño del lugar, en el que además, se encontraba el local del café. En el otro extremo se hallaba el Café de la Comedia. La noche del 14 de julio de 1804 cuando se inaugura el teatro de Comedias con la representación de Los ápides de Cleopatra, el café inicia una nueva vida, pues hasta él llegaron muchos artistas de aquel momento, cómicos como: Velarde, Morante, Ortega; comediantes como Casacuberta; hombres públicos y escritores como Ambrosio Mitre, Vélez Gutiérrez, Camilo Enríquez, Wilde.

Debido al pésimo estado del techo, este café debió ser clausurado y ya no volvió a abrirse. Estos cafés, nacidos en la época colonial, existieron aproximadamente hasta la fecha que el país entra en la etapa de organización nacional, allí se reunieron los actores de estos acontecimientos.



Café de Marcos

Algunos caballeros se detienen al llegar a la esquina de la Santísima Trinidad (actual calle Bolívar). Indecisos ante la barrosa calle, buscan el paso de tierra para cruzar a la acera de enfrente: acunemos nuestra imaginación con cánticos de curiosidad y sigamos su rumbo. Ya han doblado por la Santísima, y al llegar a la esquina de San Carlos, se detienen expectantes. (La esquina de San Ignacio —calles de la Santísima Trinidad y San Carlos— es actualmente la intersección de Bolívar y Alsina). Algunos miran con goce espiritual el atrio de San Ignacio; los jóvenes menos ceremoniosos, apuran su mirada hacia la esquina (Revista Logos N.º 4, Bs. As. 1942).


En 1801, El Telégrafo Mercantil indicaba que el dueño del nuevo lugar era don Pedro José Marco. A la entrada indicaba un cartel: "Villar*, Confitería y Botillería". Pero este café sorprendió por contar con un sótano para mantener frescas las bebidas y una gran innovación: un coche de cuatro asientos que podía ser alquilado por los parroquianos, los días de lluvia, en la temporada invernal, cuando a estos se les hiciera muy dificultoso llegar hasta sus casas.

Este café adquirió popularidad durante los años anteriores a 1810. Varias generaciones iniciaron su paso por la política en este café. Cuando el 1.º de enero, Martín de Álzaga planeaba allí la revuelta del Colegio San Carlos, las autoridades decidieron clausurar el café y detener a su propietario. Pero ya el lugar había pasado a la historia. Días después, hombres de Álzaga fueron llevados presos a Carmen de Patagones, y luego de ser liberados por el bergantín Hiena, de la Armada Española, cantaban desde la cubierta la siguiente estrofa:

Aunque se rompan los sesos
allí en el café de Marcos,
no evitarán que sus barcos
zozobren o sean presos.
Gaste millones de pesos
la República Argentina,
agote del Famatina
ese mineral tan vasto,
que a pesar de tanto gasto
no puede tener marina.


(Gandía, Enrique, Orígenes desconocidos del 25 de mayo de 1910, pág. 292, Ed. O.C.E.S.A., Bs. As., 1960).

Lo cierto es que en esa esquina de la Santísima Trinidad y San Carlos, arden las pasiones de Castelli y Monteagudo: El mismo Monteagudo, cuyo espíritu fogoso iluminó las mentes aquella noche del 30 de junio de 1812, cuando el Triunvirato buscaba a don Martín de Álzaga, se encaramó en una mesa del Marcos y lanzó su desafío a la lucha. (Morales, Ernesto, La Prensa, 6 de diciembre de 1942).

Hay discrepancias en torno al nombre del café; para unos fue Marcos, para otros, Marco y Miguel Cané lo denominó Mallcos, incluso, existió un inglés que lo llamó San Marcos. Para el historiador Pérez Revello era el café de Marcos.

Para la generación de Mayo fue tan importante este café, que en ocasión de los disturbios del 11 de marzo de 1811, muchos de los jóvenes detenidos, al ser liberados, provocaron un tumulto callejero al grito de: ¡Al café, al café! Pero el final de este café se provoca por la llegada de la fiebre amarilla, el temor a la barriada del sur, centro de la epidemia, aleja a los hombres hacia el norte y el café va muriendo poco a poco.

No fue el único café de este propietario, contó con otro que estaba ubicado en la esquina actual de Perú y Alsina y estaba atendido por un socio: Antonio F. Gómez. A él acudían los artistas que actuaban en el Teatro de la Ranchería hasta que se incendió (1804) y la gente que concurría al mercado Viejo o del Centro.


* La palabra billar, en la época colonial, se escribía villar.

9.26.2008

Supersticiones del Río de la Plata (4)

Capítulo 9 - Salamancas

El acceso al interior de las salamancas, a la manera de los templos o escuelas mágicas del Egipto y del Asia, está, por lo general, vedado. Para merecer y poder entrar en ellas, es necesario revestirse de mucho coraje y de mucha indiferencia a todo cuanto rodee y sea capaz de hacer impresión leve o vehemente en los sentidos y en el ánimo del aspirante, que debe tener al intento la impasibilidad de un estoico. Pruebas terribles, aparatos y ceremonias magníficas, que traen a la mente las que usaron los pueblos de Oriente y las que diz que usan los masones en la recepción de sus neófitos, esperan al sujeto que quiere iniciarse en los misterios de la salamanca. [...]

[...]Cuentan que hubo un hombre que, siguiendo los consejos de un amigo, se propuso ir a buscar a una salamanca los medios de ser feliz, que no creía ni encontraba fáciles de hallar en el mundo. Para el efecto, encaminóse, con arreglo a las instrucciones que del amigo recibiera, hacia el ocaso, a puesta del sol. Después de nadar un largo trecho, sin saber cómo ni cuándo, topó de manos a boca con dos formidables yaguaretés, o tigres del país, que estaban peleando enfurecidos. El peregrinante debía proseguir su camino, sin temor, sereno, imperturbable, entre los mayores peligros o daños que pudieran amenazar u oponérsele al paso. Así lo hizo; y pasó inmune por entre las ensangrentadas uñas y colmillos de los dos tigres horripilantes. Halló enseguida dos bravísimos leones despedazándose; y por entre sus garras y sus dientes pasó tranquilo y pausado, sin que la más mínima lesión hubiese herido su epidermis. Luego pusieron en inminente peligro la vida del caminante las desnudas espadas de dos irritados combatientes; pero entre las cuales pasó él, sin embargo, ileso. Más adelante se halló en medio de una espaciosa campiña alfombrada de césped, asombrada con esbeltos árboles frondosos, esmaltada con floridas plantas odoríferas que encantadoras ninfas cultivaban, cubierto el cielo de bandadas de pájaros maravillosos por la hermosura de su plumaje y su dulcísima melodía de su canto. Pero el peregrinaje debía de ser tan insensible a los atractivos de la belleza y de los halagos más eficaces o tentadores, como indiferente a los peligros y a las cosas que mayor repulsión causan ordinariamente al hombre. ¿Quién creyera, conociendo la condición humana, que también en esta parte había de cumplir al pie de la letra el peregrinante las instrucciones que le diera aquel amigo suyo ya iniciado en los misterios de las salamancas? Nada le valió empero el sacrificio heroico que hiciera de los más legítimos afectos, la constancia con que sobrellevara los más temibles trances que pusieron a prueba su fortaleza e inmutabilidad durante su peregrinación por sendas y regiones nunca holladas de su planta. O alguna vez flaqueó, cuando menos con la intención, siempre insegura en medio de tantas solicitaciones como las rodean al hombre en el mundo y le rodean a él en la subterránea mansión de los seres encantados; o el destino, contra el cual vana en toda resistencia, le conducía ineludiblemente a un término fatal en una vida llena de peripecias crueles. Entre estas tinieblas, tras larga jornada, apersonósele un individuo que por la voz y gravedad con que hablaba conoció ser un anciano, quien, haciéndole sentar, preguntó qué buscaba y qué quería. Luz, dijo el peregrino. ¿Qué clase de luz? repuso el anciano, ¿blanca o negra? Maquinalmente, sin hacerse cargo de las consecuencias que pudiera traer una respuesta inconsiderada, sin pensarlo, respondió: negra. El anciano colgó del cuello del peregrino una bolsita que contenía un negrillo de palo, diciéndole: ahí tienes lo que me pides. Una serie no interrumpida de contrariedades y amarguras ocasionadas, ora por lo que se llama desgracia o mala suerte, ora por propia imprudencia, por propio vicio y por propia malicia; tal fue la vida del peregrino, después de su salida de la salamanca.

La luz negra, que, junto con los rayos visibles, a los ojos de la ciencia ilumina los espacios, concurriendo poderosamente a la vida universal, para el mago y para el vulgo surge de los abismos y envuelve al hombre en lúgubres sombras de muerte que le hacen desgraciado en el mundo. [...]

[...]Salamanca, tratándose de cuevas mágicas o encantadas, no es otra cosa etimológicamente que el nombre sustantivado de la antigua y célebre ciudad que como propio le lleva en España. Hubo en términos de Salamanca (y sin dudas habrá más aún) una cueva llamada de San Cebrián, famosa de antiguo por la creencia vulgar de que allí enseñaban la nigromancia y otras artes de encantamiento. Conociósela también en la Península por el nombre liso y llano de cueva de Salamanca. [...]

[...]El insigne dramaturgo Juan Ruiz de Alarcón compuso también una comedia con el título de La cueva de Salamanca. Otros muchos escritores de más o menos nombradía contribuyeron a hacer proverbiales, en son de burla, mediante graciosas escenas y descripciones, la ya vulgarizada patraña de la cueva de Salamanca.

El vulgo complacíase en tales consejas; pero el más crédulo no por eso dejaba de tomar a lo serio las cosas. No era solo la de Salamanca, sino también la de Toledo, cueva encantada famosa. Decían que en una y en otra se había enseñado la magia en tiempos de los sarracenos. Después de la expulsión de los oros, continuó asociada a esas y muchas otras cuevas la idea de los encantamientos.

La fama de las maravillas de que era testigo el que visitaba la misteriosa cueva de Salamanca, extendiéndose por toda España, pasó a los mares de Occidente en boca de pobladores del Nuevo Mundo, cuyas cavernas llenaron de encantadores y adivinos. La cueva de Salamanca produjo así en América no corto número de salamancas. [...]

[...] Aunque las salamancas de que se trata sean originarias de la Península, no por eso ha de creerse que toda cueva encantada tenga la misma procedencia; pues no pocas hay en las regiones del Plata, así como en el resto del continente, que fueron reputadas albergue de prodigios por los naturales que antes del descubrimiento poblaban la tierra, y en ellas asimismo establecieron su escuela y su oratorio los magos indígenas, mensajeros y ministros de añanga, de gualicho y otras divinidades representativas del demonio. ¿Qué superstición habrá que, nacida en el Viejo Mundo, carezca de otra análoga o semejante en el Nuevo Mundo? La condición humana y la naturaleza exterior en todas partes son idénticas. Variarán los accidentes, ofrecerán diversas particularidades; pero, en el fondo, el que nació en Europa hallará en el Asia, en el África, o en la Oceanía, en la primitiva América, reproducidas las mismas cosas. [...]

[...]En cuevas y lugares ocultos, donde rendían culto a su divinidad infernal, a quién invocaban en sus consultas y empresas graves, encerrábanse también, entre araucanos, por largo tiempo, los que aspiraban a iniciarse en las doctrinas y secretos de la magia que los machíes y huecuvuyes practicaban. Allí permanecían todo el tiempo necesario sin ver entretanto el sol, pasando por diversas pruebas, entre ellas las aparentes de arrancarles los ojos y la lengua, para sustituir una y otros con la lengua y ojos de Pillán o Huecuvú (su dios tutelar), y el meterle una estaca por el vientre, sacándola por el espinazo.

Los huecuvuyes o reníes, entre los araucanos, andaban vestidos con unas mantas largas, llevando también largo el cabello. Los que no le tenían naturalmente largo, suplíanle con una cabellera postiza de cochayuyo o de otro filamento vegetal. Vivían separados del concurso de las gentes y durante largo tiempo permanecían incomunicados en lóbregas cuevas de montañas escarpadas. El nombre de Huecuvuyes les viene de Huecuvú, que, del mismo modo que Pillán, representaban una divinidad, que para los nuevos pobladores no significa ni podía significar otra cosa que el demonio, a quien consultaban para dar sus respuestas y ejercer los demás actos propios de su ministerio.

En hondos y secretos soterraños
Tienen capaces cuevas fabricadas,
Sobre maderos fuertes afirmadas
Para que estén así nestóreos años:

Las cuales, en lugar de ricos paños,
Están de abajo arriba entapizadas
Con todo el suelo en ámbito de esteras
Y de cabezas hórridas de fiera.

Pedro de Oña; Arauco domado, Acto II.

Los huecuvuyes sacrificaban víctimas humanas y de animales a su deidad, incesando con el humo del tabaco. Ni faltaban en las cavernas las serpientes y los lagartos, las transformaciones de seres humanos en cóndores y en otras clases de animales, el fuego, los estruendos y otros encantos. Las ramas de canelo, árbol sagrado, figuraban en sus ceremonias, como en las de los machíes cuando hacían sus curaciones. [...]

[...]Los que aspiraban a iniciarse en los arcanos de la magia, entre los guaraníes, sufrían rígidos ayunos, mortificábanse con duras penitencias, absteníanse del contacto con el agua, de toda loción de su cuerpo, de todo abrigo, de toda otra comida que la pimienta y el maíz tostado en cortísima cantidad, en lugares fríos, lóbregos y retirados, donde el demonio acudía a sus fervientes invocaciones. Cuando volvían al mundo, invocábanle bebiendo la yerba del Paraguay, que para el efecto reducían el polvo. [...]

9.09.2008

Los cafés de Bs. As. Época colonial (3)

Café de Los Catalanes

Todo El Café de los Catalanes estuvo impregnado de misterio por poseer un nombre hispano, cuando fue fundado por un gringo de origen ligur: don Miguel Delfino. Cuando este falleció, el comercio fue transferido a Francisco Migoni, también italiano. Lo refaccionó y le dio gran impulso hacia el año 1856.

Estaba ubicado en la esquina de Cangallo y San Martín y fue frecuentado por las familias más destacadas de la sociedad porteña. El local contaba con una espaciosa sala y un patio grande y muy hermoso. Allí se consumía: café, té, chocolate, candial, horchata, naranja y copas con bebidas alcohólicas. El frente del edifico tenía su entrada por la ochava esquinera y su portal tenía forma de ojiva; del dintel de la puerta pendía un toldo que servía en la temporada de lluvias para esperar los carros o coches. Dos ventanales muy grandes escoltaban lateralmente la ochava.

Fue algo particular de este lugar su manera de servir el café con leche, lo hacían en grandes tazones que se llenaban hasta desbordar y cubrir luego el plato que lo sustentaba, se le entragaba al cliente una sola medida de azúcar, no refinada, envasada en una lata; el parroquiano vertía el azúcar en el tazón y recién después, el mozo servía el café con leche hasta el desborde. El servicio se completaba con tostadas cubiertas con manteca y una capa de azúcar.

Vicente Fidel López afirma que fue muy frecuentado en la época previa a la Revolución de Mayo. En este café se reunieron los primeros grupos que organizaron reacciones contra el virrey y su régimen. Allí estuvieron: Pancho Planes, Víctor Fernández Grimau, Enrique Martínez, Fontuzo, Voizo y otros jóvenes que reunían a la gente para atraerla hasta el centro y así organizar manifestaciones que pedían la renuncia del virrey. Este café estuvo totalmente ligado a lo popular de la Revolución de Mayo. Existió hasta el año 1873.

Fonda de La Catalana

Como muchas otras fondas, también cumplía la función de café. Estaba ubicada en la esquina que hoy ocupa el Banco Hipotecario Nacional. Era un lugar muy especial, llamado los Altos de los Escalada. Eran muy pocas las casas de altos que existían en esa época, y la de los Escalada era una de esas pocas. La fonda estaba en la planta baja, arriba de esta, habitó la familia Escalada, donde nació Remedios, la esposa del general San Martín. Hacia 1812, era una de las cinco casas de alto que existían en la ciudad. Cuando la familia Escalada la abandonó lo hizo para trasladarse a la esquina de Cangallo y San Martín. A partir de ese momento, la casona fue ocupada primero como hotel y después como cuartería. Circunstancias de la picardía porteña la bautizaron como los Altos de la Cuartería o la Balconada, dado que al quedar convertida en casa de inquilinato, las personas que la habitaban usaban los balcones para refrescarse en el verano. Pero a pesar de todo esto, en la cuadra se seguía destacando La Catalana. José Antonio Wilde, en su libro Buenos Aires, 70 años atrás, cuenta que su dueña era rubicunda, bien agraciada y servía las comidas españolas con mucho esmero, entre los platos que allí se servían se destacaba el mondongo a la catalana.

Café Dos Amigos

El día de la inauguración de este café, dos acontecimientos conmovieron a Buenos Aires, uno fue la inauguración de la navegación de vapor en el Río de la Plata, un viaje que se realizó a San Isidro con 40 personas a bordo. Las quintas de San Isidro recibieron en el arroyo Sarandí a la embarcación impulsada en forma mecánica. El otro acontecimiento fue la noticia de que en la ciudad de Lima había sido asesinado Bernardo de Monteagudo. Estos acontecimientos empañaron la inauguración de este café que nunca tuvo trascendencia.

Café de La Victoria

Se sostiene que La Victoria era el más caro de los cafés de Buenos Aires. A él asistían las personas aristocráticas de la colonia. Era el lugar de reunión de gente mayor y adinerada que adoraba el lujoso local, que tenía características del siglo XVIII en su decoración y que combinaba con enormes espejos. Quien lo frecuentó mucho fue Juan Cruz Varela, el vate de los unitarios, que encontraba en aquella decoración un ambiente ideal para su literatura clásica. Además, en La Victoria, el 27 de abril de 1827, se festejó el triunfo de la Armada Nacional en el combate de Los Pozos con un homenaje al almirante Brown.

Estaba ubicado en la calle Victoria N.º 121, según consta en la Guía de Comercio de Buenos Aires del año 1879. Por su ambiente aristocrático, los jóvenes con sus discusiones políticas no asistían a La Victoria.

Fonda de los Tres Reyes

En la calle del Fuerte, conocida en la nomenclatura de 1808 como la calle Arze, entre Rivadavia y Bartolomé Mitre estaba este solar. Allí concurrían muchos oficiales ingleses, que durante las invasiones y luego de ellas, se instalaron definitivamente en el Plata. También se reunieron allí los conjurados que acompañaban a Álzaga, en los días previos a los acontecimientos del 1.º de enero de 1809.