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5.22.2010

22 de mayo de 1810




Un día clave para la formación del Primer Gobierno Patrio

Hechos relatados por un periodista del diario "Viaje en el Tiempo" que ocurrieron el 22 de mayo de 1810. Acontecimientos de la Semana de Mayo que desembocaron en la Revolución de Mayo:


El día anterior, 21 de mayo, el Cabildo de Buenos Aires había decidido convocar un Cabildo Abierto para discutir los problemas que aquejaban al Virreinato del Río de la Plata. Esto se venía discutiendo desde el 18 de mayo. El problema era qué hacer ahora, ya que el gobierno de España había caído en manos de la Francia de Napoleón Bonaparte.


El Cabildo Abierto se concretó el día 22;  se invitaron 450 vecinos ilustres de la ciudad, que para la época contaba con 45 mil habitantes. Pero el nombre de "vecino" lo podían ostentar solamente unos 4000 habitantes de la ciudad. Aquellos vecinos a los que se denomiba "de distinción” no serían más de 3000.


El mentado Cabildo Abierto se llamó: "Congreso General en la Época" y sólo había existido uno igual el 14 de agosto de 1806. Ese Cabildo Abierto había destituido al virrey Sobremonte.


La reunión comenzó por la mañana, la gente comenzó a llegar a las nueve y sin etiqueta, tal como indicaba la invitación enviada por los representantes del Cabildo. Doscientos cincuenta y uno fueron los presentes: 27 representantes de la Iglesia, 17 abogados, 59 comerciantes y 63 militares, entre los cuales se incluían los marinos. Los otros 200 invitados no se sabe a ciencia cierta por qué no asistieron. 

La mayoría de los jóvenes revolucionarios se ubicaron en las bocacalles de lo que hoy es la Plaza de Mayo y no dejaron entrar a quienes no comulgaban con sus ideas, es decir, los partidarios del virrey.


Los encargados de cuidar el acceso eran los llamados "chisperos"; éstos respondían a Domingo French y a Antonio Beruti, eran unos 600 hombres armados, entusiastas de la revolución.


El acto se abrió con la lectura de la opinión del Cabildo que planteaba la posibilidad de un cambio moderado, para lo cual se debería consultar la acción con las provincias interiores del virreinato. Pero luego se postularon muchas otras propuestas, algunas a favor del virrey y otras en contra.


La posición más extrema del lado del virrey fue la del obispo Benito Lué y Riega, que decía que incluso el último vocal de las Juntas de España debería ser recibido como soberano si llegaba a América, y si nadie quedaba, el virrey debería ser quien gobernase.


Del otro lado estaba Juan José Castelli; para él, los pueblos americanos debían asumir el gobierno mientras el rey Fernando VII estuviese cautivo de Francia. Éste, además, era el pensamiento de todo el grupo revolucionario.


El postulado central del discurso de Castelli era que al no existir ya un gobierno legal en España, los gobiernos de América eran caducos, por lo que el poder debería volver al pueblo, que era quien lo había depositado en la figura del rey. Por esta razón, debía ser al pueblo a quien le correspondía elegir un nuevo gobierno.


A esto respondió el fiscal Manuel Genaro Villota, que señaló que Buenos Aires no tenía derecho a tomar decisiones sobre la legitimidad del virrey o del Consejo de Regencia de España, ya que sólo era una parte del virreinato y había otros virreinatos en América. Indicaba que si cada pueblo decidía por sí, la unidad del país (España) se vería rota. Con lo que indirectamente lo estaba acusando de querer independizarse.


Otro de los revolucionarios, Juan José Paso, le respondió a Villota diciendo que tenía razón en lo primero, pero dado que no se sabía si Francia querría seguir su conquista en las colonias americanas, era urgente tomar una decisión, y, esperar a que todos los pueblos de América española lo hicieran, llevaría mucho tiempo. Por lo tanto, Buenos Aires haría el papel de hermana mayor al tomar la iniciativa y luego se invitaría a las demás ciudades a opinar y a unirse o no ante la opción tomada por Buenos Aires.


Luego de otros discursos, se procedió a votar. Fue un momento largo y tedioso, dado que los votos eran públicos, firmados y leídos por un escribano. Tres posturas quedaron fijas: la españolista, la revolucionaria y una intermedia moderada.


¿Qué iban a votar? Si se debía o no adicionar otra autoridad al virrey o relevarlo.

La votación terminó a las 12 de la noche, razón por la cual, los realistas propusieron y lograron aplazar la regulación de los votos para el día siguiente. Así fue que se convocó a otro Cabildo Abierto para el 23 de mayo a las tres de la tarde, que sería el momento en que se escrutarían los votos.

De esta manera comenzó la conspiración del Cabildo para robar votos y aplazar la contrarrevolución que se venía planeando desde el mismo 18 de mayo.

Texto original: Martín Cagliani

Corrección: Ana Cristina Misenta



5.15.2010

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5.10.2010

El Obelisco, un símbolo que define a Buenos Aires



La ciudad de Buenos Aires tiene símbolos que la definen, el principal es el Obelisco, en el cruce de las avenidas Corrientes y 9 de Julio. Luce en pleno centro porteño desde el año 1936. Simboliza las dos fundaciones de Buenos Aires y el izamiento por primera vez de la bandera nacional en la iglesia San Nicolás.


Los obeliscos auténticos son monolíticos. O sea, están formados de un solo bloque de piedra. Fueron creados por los egipcios y tenían carácter religioso.


El Obelisco porteño, símbolo arquitectónico de esta ciudad, fue inaugurado la tarde del 23 de mayo de 1936, cuando el intendente Mariano de Vedia lo presentó en sociedad.


El Obelisco, una pirámide egipcia de 67 metros de altura diseñada por el arquitecto Alberto Prebisch, fue construido en conmemoración de la segunda fundación de Buenos Aires y se erige donde 470 años atrás estuvo el precario y grueso madero sobre el que juró, apoyando su espada, don Pedro de Mendoza.


Asimismo, recuerda el sitio exacto donde flameó por primera vez la bandera nacional, en la torre de la iglesia de San Nicolás, el 23 de agosto de 1812, donde hoy está la Plaza de la República, en el cruce de las avenidas Corrientes y 9 de Julio.


La idea de Prebisch, un arquitecto precursor del modernismo en la Argentina, fue resolver con elegancia y monumentalidad el triple cruce de estas dos importantes avenidas porteñas, a las que se agregaba Diagonal Norte.


La construcción, que adoptó la tradicional forma geométrica de origen egipcio demandó 680 metros cúbicos de cemento y 1360 metros cuadrados de piedra blanca y costó unos 200 mil pesos moneda nacional, durante la presidencia de Agustín P. Justo.


Los 150 obreros que levantaron el Obelisco y su diseñador debieron sortear la dificultad del paso de los túneles de las líneas de subte C y D, para lo que recurrieron a avanzadas técnicas de construcción mediante el emplazamiento de bóvedas en su fundamento.


Técnicamente, el edificio es una estructura hueca con una sola puerta de entrada y cuatro ventanas en su cúspide, a la que sólo se puede llegar por una escalera recta, de aproximadamente 200 escalones.


En un principio estuvo recubierto por roca calcárea de San Luis, pero los movimientos provocados por el paso del subterráneo provocaron numerosos desprendimientos y obligaron a sus constructores a quitar la roca y pintar su cubierta con pintura al látex, como se lo observa hoy.

Ana Cristina Misenta

11.27.2009

Itinerario de Juan Baustista Alberdi


Perteneció a la generación fundacional de las instituciones de la República. Fue eminente por la capacidad de anticipación jurídica constitucional y por la decisiva influencia intelectual que ejerció sobre el Congreso General Constituyente entre 1852 y 1854, sentó las bases de la organización política de la Argentina, perfeccionada en 1869.

Nació tres meses después de la Revolución de Mayo, un 29 de agosto de 1810, en San Miguel de Tucumán, en el hogar formado por Salvador Alberdi –vizcaíno que llegó al Río de la Plata- y Josefa Aráoz. Declarada la Independencia en 1816, pidió la ciudadanía, que le fue acordada el 29 de octubre de ese año.

Siempre permaneció en la memoria de Juan Baustista la presencia en Tucumán de Manuel Belgrano, quien: “hizo de mi padre su mejor amigo… Cultivó su amistad y frecuentó su casa. Con ese motivo yo fui a menudo objeto de los cariños del gran hombre”.

A fines de 1824, Alberdi dejó su ciudad natal con rumbo a Buenos Aires, en cuya Manzana de las Luces lo aguardaban el Colegio de Ciencias Morales y la Universidad. En aquel, en condición de becario, realizó los estudios preparatorios, después vendrian los años de la jurisprudencia y de la creación musical, para lo que se mostró bien dotado. También fue en esa época en que muchos jóvenes, algunos llevados como de la mano por Juan María Gutiérrez, se unieron en torno a Esteban Echeverría. De uno y de otro escribirá Alberdi, años después, lo siguiente: “Ejercieron en mí ese profesorado indirecto más eficaz que el de las escuelas, que es el de la simple amistad entre iguales. Nuestro trato, nuestros paseos y conversaciones, fueron un constante estudio libre, sin plan ni sistema, mezclado a menudo con diversiones y pasatiempos del mundo. A Echeverría debí la evolución que se operó en mi espíritu”.

1837 fue un año importante en la vida del joven tucumano. En sus comienzos publicó Fragmento preliminar al estudio del Derecho, en sus páginas desarrollaba ideas que tiempo después ocuparían posiciones concretas. En un domingo de junio quedó inaugurado en la librería de San Marcos Sastre, el Salón Literario; siendo Alberdi, uno de los oradores de la jornada. El 18 de noviembre vio la luz el primer número de La Moda, periódico del que fue principal redactor y en cuyas columnas publicó artículos firmados por “Figarillo”, seudónimo por él escogido como homenaje a la memoria de Mariano José de Larra, el Fígaro español propio, muerto por mano propia meses antes.

En mayo de 1838 se inició el conflicto entre el gobierno de Buenos Aires y el de Francia. Poco después nacería la Asociación de la Joven Argentina, logia de miembros juramentados que deseaban “consagrar sus esfuerzos a la libertad y felicidad de su patria, y a la regeneración completa de la sociedad argentina”. Echeverría, Gutiérrez y Alberdi eran los principales dirigentes de estos jóvenes que ni deseaban subordinarse a ninguna de las antiguas facciones políticas ni aceptar el gobierno de Juan Manuel de Rosas, a quien consideraban imagen viva de la contrarrevolución y el despotismo. De las deliberaciones con el “Dogma socialista de la Asociación de Mayo”, cuyo texto se imprimiría en Montevideo, gestión que se le encomendó a Alberdi. Este se marchó de Buenos Aires el 23 de noviembre de 1838, haciéndolo con la esperanza de pisar suelo nativo en un plazo breve por creer que no pasaría mucho tiempo sin que los veteranos de las guerras de la Independencia y los jóvenes diesen por tierra con Rosas y su régimen. Al irse no pasó por su cabeza la posibilidad de que su alejamiento se prolongase cuatro décadas.

Algo menos de un lustro residió Alberdi en Montevideo, donde fue abogado, creador de obras literarias y periodista. Allí, él, Echeverría y Gutiérrez continuaron siendo los dirigentes del grupo juvenil que, aislados de los viejos unitarios también exiliados, dio vida a la Asociación de Mayo. Junto con Gutiérrez, precisamente, se marchó a Europa en abril de 1843, en momentos en que la amenaza federal se cernía sobre Montevideo, actitud que no le perdonarían algunos de los que hasta entonces habían sido sus amigos y admiradores, Sarmiento entre ellos.

Poco después sobrevino la polémica con Sarmiento, quien, otra vez, estaba en Chile tras haber roto con el vencedor de Caseros. El sanjuanino publicó el libro Campaña en el Ejército grande, y Alberdi comenzó a escribir su respuesta en forma de epístolas, reunidas en un volumen con el título común de Cartas sobre la prensa y la política militante de la República Argentina, más conocida como Cartas guillotinas, por el lugar donde fueron creadas. Las contestaciones de Sarmiento serán reunidas por este en Las ciento y una. Para Manuel Lizondo Borda, “Alberdi con toda serenidad paró los golpes y dio estocadas mortales con la elegancia del más consumado esgrimista”.

Alberdi dejó Chile a mediados de 1855. El entonces presidente de la Confederación, general Urquiza, lo había designado encargado de negocios ante los gobiernos de Francia, España, Italia e Inglaterra. Desempeñó su misión por casi siete años, dedicando ese lapso a conseguir el apoyo de esas naciones para el gobierno de Paraná. La gestión diplomática de Alberdi concluyó en 1812, tras ser declarado en receso el gobierno confederal y asumir Mitre provisionalmente el Poder Ejecutivo Nacional.

En adelante, Alberdi, que rersidía en Europa, ejerció intensamente su profesión de abogado. En 1865 tomó estado público su apoyo a Francisco Solano López, el presidente de Paraguay cuando este país se enfrentó con la Triple Alianza. Obviamente, esta actitud de Alberdi lo llevó a tener frecuentes choques con sus compatriotas y a ser objeto de reiteradas censuras.

Con el correr de los años –y ya eran muchos los que sumaban su edad- quedó reducido a la soledad, en particular, cuando ya no quedaba ninguno de los que habían fundado la joven Argentina. Mientras tanto, en los armarios se iban acumulando copias de cartas, borradores de artículos y textos originales para componer un libro o un folleto, todo ese conjuntos de manuscritos que se publicarían después de su deceso con el título de Escritos póstumos. En realidad, se haría contra su voluntad porque dejó dispuesto que nada viese la luz y que todo se destruyese. Señalemos que por esta vía fueron conocidos libros como El crimen de la guerra, cuya difusión dio lugar a discusiones aún subsistentes, y un curioso ensayo que propugnaba la restauración monárquica en la América española.

8.23.2009

Alberdi y la Constitución de 1853




Por Germán J. Bidart Campo, para La Nación, Buenos Aires, 1984

Cuando se analiza la historia política y constitucional argentina, por lo menos a partir de 1810, y cuando ese análisis pone énfasis en las distintas líneas de doctrina que circularon en el ambiente, y se reflejaron en la estructura social, se puede llegar a ponderar a la Constitución de 1853 como un producto histórico influido y condicionado por multiplicidad de causas y factores vernáculos que incidieron en nuestro medio.

La inspiración ideológica en autores extranjeros, o en modelos normativos que, como el de Estados Unidos, tuvieron repercusión universal, no desmiente el carácter autónomo de nuestra Constitución, si damos por cierto que el constituyente tamizó todos los aportes que venían desde afuera a través de fuentes propias de nuestra sociedad y de nuestra cultura. No habría que reparar más que en nuestro federalismo para comprender que algunas fórmulas de la Constitución sobre el tema guardan similitud con las correspondientes del texto norteamericano, la “razón” histórica por la cual nosotros adoptamos la forma federal es diametralmente distinta de la que motivó análoga estructura en la república del Norte.

El constituyente de 1853, que conocía a Alberdi, que conocía su pensamiento, sus obras y sus Bases, se manejó con el mismo criterio de realismo jurídico y político que adornaba al jurista tucumano. Alberdi también fue componiendo paulatina y progresivamente su ideario político, y cuando le llegó el momento de adaptarlo al urgente proyecto de la organización de nuestra unidad federativa volcó a su modelo ideas concretas y planes prácticos, que no habían surgido de racionalismos de gabinete ni de idealismos desapegados de la realidad sino de una observación profunda, de una interpretación sagaz y de una recolección amplia de nuestros antecedentes.

Que las Bases hayan sido el brevario de la Constitución, o que su autor haya sido el padre putativo de esta, de ninguna manera significa que el texto del 53 sea un remedo del pensamiento alberdiano. No sería buen homenaje a su memoria el que se le tributara asignándole el protagonismo esclavista de ser autor o único inspirador. Y no lo sería porque él fue el primero en reconocer y rescatar una pluriforme convergencia de factores, causas y antecedentes en la matriz donde luego abrevó el Congreso Constituyente de Santa Fe para elaborar la constitución. En cambio es innegable que a Alberdi le debemos la síntesis o sinopsis de doctrina y de programa para el modelo constitucional, porque lo indujo con un realismo no exento de racionalidad y de valoración, computando las características y la fisonomía de nuestro medio y de nuestra tradición hispano-indiana y criolla. Fue el vocero que resumió ideas muy caras a la doctrina de Mayo y a la generación de 1837, y que las compaginó en un plan idóneo para plasmar la república unificada en federación y en democracia.

Su conocida advertencia de que Dios da a cada pueblo su constitución o manera de ser normal, como la de cada hombre, se combina muy bien con su crítica a la manía sudamericana de dar leyes y decretos. La civilización no se decreta, dice Alberdi. Y entonces se pregunta cómo hacer de nuestras democracias en el nombre, democracias en la realidad; y cómo cambiar en hechos nuestras libertades escritas y nominales.

7.30.2009

Enrique A. Abella

Para La Prensa, 26/10/1952

Aquel que pone para toda cosa
panoramas de vida en armonía,
creó para tus pies el mediodía,
para tu alma el rumbo de la rosa.

Trigales cantan en tu espera ansiosa,
espinas sangran en tu noches frías...
pero aquél de la gran sabiduría
te hizo fuerte, sensible, numerosa:

porque para que vengan de tus manos
los caminos de todas las virtudes
y los signos de todos los consuelos,

fue necesario que los meridianos,
fue necesario que las latitudes
te crearan del alma de los suelos.

4.16.2009

Don Pedro de Mendoza. Fundador de la Ciudad del Espíritu Santo



Monumento a don Pedro de Mendoza

La primera Buenos Aires renació en la segunda, la fundada el 11 de junio de 1580, con el mismo nombre para el puerto y la misma invocación empleada por don Pedro de Mendoza.

Por Enrique Gandía, para La Nación, Buenos Aires de 1982.

La historia argentina ha necesitado 400 años para saber que Buenos Aires fue una ciudad fundada el 3 de febrero de 1536. Tenemos la obligación de probar que la primera Buenos Aires de don Pedro de Mendoza, fue una “ciudad”, no solamente un puerto, que hubo un puerto y una ciudad que ambos fueron fundados, que existió un Cabildo, que los regidores se hallaron en Bs. As. Y que la fundación se realizó el 3 de febrero de 1536 y no el día anterior.

En otras palabras: la primera Buenos Aires renació en la segunda con el mismo nombre para el puerto y la invocación con que se hizo la fundación. Esta afirmación debemos exhibirla en primer término para partir de hechos seguros. Es Juan de Garay quien lo dice en el acta del 11 de junio de 1580. Estaba “en este puerto de Santa María de Buenos Aires, que es en las provincias del Río de la Plata, intitulada nuevamente la Nueva Vizcaya”. Juan de Garay, vizcaíno, de Orduña se hallaba con su gente, “en este puerto de Santa María de Buenos Aires”. No dice que haya fundado un puerto ni que le haya dado nombre.

El puerto se llamaba así desde los tiempos de Pedro de Mendoza. Luego hizo la fundación “En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios verdadero”. Y la ciudad “mando que se que se intitule la ciudad de la Trinidad”. Nótese bien que no la llamó Buenos Aires. La llamó Trinidad: nada más. El puerto, repetimos, desde antiguo se llamaba Buenos Aires. Dos cosas: el puerto y la ciudad: el puerto de Buenos Aires y la ciudad de la Trinidad: nada más.

Insistimos en que, como dice Garay, estaban en el puerto, no en la ciudad. Y desde el puerto, terminadas las ceremonias, se trasladaron todos a la plaza pública de la ciudad. Pues bien: este puerto de Buenos Aires y esta ciudad de la Trinidad, que Garay volvió a dar vida, eran los que existían desde don Pedro de Mendoza. Nos corresponde, ahora, probar que don Pedro de Mendoza fundó una ciudad y un puerto, que el puerto se llamó Nuestra Señora del Buen Aire o de los Buenos Aires, que la ciudad tuvo el nombre de Espíritu Santo y que la fundación del puerto y la ciudad fue el 3 de febrero de 1536.

El tesorero Hernando Montalvo, al referirse a la población de San Salvador, explicó muy bien que: “donde no hay alcalde y regidores no se puede llamar pueblo”. El término ciudad no se usaba con tanta frecuencia como pueblo. En las Ordenanzas de Poblaciones, de 1523, los reyes indicaban cómo debían establecerse las nuevas ciudades, pero no empleaban el término ciudad, sino el de “pueblo” y “asiento”. Por tanto cuando algún testigo declara que estuvo en la fundación del puerto y pueblo de Buenos Aires significa que vio cómo Pedro de Mendoza realizó el acto de fundar la hoy llama ciudad.

Sabemos que la fundación existió porque lo dicen, bajo juramento, muchas personas que estuvieron en la ceremonia y vieron la fundación.

He aquí algunos testimonios: Hernán Báez, en una probanza de Alvar Núñez, declaró que “vido como el dicho don Pedro de Mendoza mandó asentar e fundar el dicho puerto e pueblo de Buenos Aires e este asiento para hacer la fundación del dicho puerto, y no se puede hallar ni se halló otro mejor asiento ni tal como la parte donde fue asentado el dicho pueblo e ansí lo mostró porque este testigo estuvo e residió siempre en el dicho puerto de Buenos Aires”. He aquí un hombre que vio asentar y fundar el puerto y el pueblo de Buenos Aires, dos lugares diferentes.

Podemos confirmar el hecho de que el puerto era una cosa y la población o el pueblo, otra. Con el testimonio de Pedro Hernández, en los “Comentarios de Alvar Núñez". Dice que Pedro Estupiñán Cabeza de Vaca, primo del adelantado, “Fue en demanda del puerto de Buenos Aires y en la entrada del puerto, junto donde estaba asentado el pueblo, halló un mástil…”. Otra vez Pedro Hernández, secretario de Alvar Núñez, cuenta que este recomendó a Felipe de Cáceres que “entrasen por el río que dicen de la Plata a visitar el pueblo que don Pedro de Mendoza allí fundó, que se llama Buenos Aires”. Conste que, según Hernández, Mendoza fundó “el pueblo que se llama Buenos Aires”. Por su parte Alvar Núñez confirma que Irala y Cabrera “habían despoblado el puerto y pueblo de Buenos Aires que estaba sentado y fundado en el río Paraná”. Otra vez la distinción entre “puerto” y “pueblo” fundado. No es este un dato aislado, Alvar Núñez en su Relación General, repite en otros lugares que encomendó a Cáceres que visitase “el pueblo que don Pedro de Mendoza allí asentó…” y que Irala y Cabrera “habían despoblado el puerto y pueblo de Buenos Aires que estaba asentado y fundado en el río Paraná”. Un testigo, Francisco Timón, recuerda que Mendoza “edificó un puerto do dicen Buenos Aires, un pueblo”. Siempre la prueba de que en nuestro río había un puerto y un pueblo –dos cosas- y que el pueblo había sido edificado o fundado. En efecto: nada menos que Juan de Salazar, fundador del fuerte de la Asunción, depone que si Alvar Núñez hubiera entrado por el Río de la Plata se habría perdido “por haber levantado el dicho pueblo que allí estaba fundado”: Francisco de Villalta, que anduvo en todos estos hechos, como los anteriores, dice que, llegado Mendoza a la isla de San Gabriel, “mandó poblar el pueblo de Buenos Aires”. Otro hombre que vivió estas andanzas, el clérigo Luis de Miranda, “vido cómo (Mendoza) asentó pueblo e puerto en el dicho río Paraná que se dijo Santa María de Buenos Aires”. Gonzalo de Mendoza refiere los trabajos que hizo en Buenos Aires, “donde primeramente (Mendoza) fundó y asentó su real pueblo. Simón Jacques también: “vido asentar pueblo e puerto”. El jesuita Antonio Rodríguez recordó que los conquistadores saltaron en tierra “para edificar una ciudad” y que dejaron en la “La ciudad sepultura de muertos…”.

No tenemos otros testimonios. En la notificación de Cabrera a los oficiales reales, el 30 de enero de 1539, consta que estuvieron “presentes en la plaza pública, junto a la Iglesia de dicho puerto…”.

El puerto y la ciudad

El puerto, nadie discute, pues consta en innumerables documentos, se llamaba Nuestra Señora de los Buenos Aires o del Buen Aire. La ciudad, dijimos, fundada por Mendoza junto al puerto tenía por nombre El Espíritu Santo. Hemos descubierto este hecho, lo exhibimos hace años y nadie lo negó. Se trata, repetimos de un descubrimiento que termina para siempre con todas las dudas y demuestra que Pedro de Mendoza fundó un puerto con el nombre de Buenos Aires y una “ciudad”, también llamada “pueblo", con el nombre de Espíritu Santo. Son los dos nombres que pasaron acta de Juan de Garay cuando fundó la segunda ciudad de Buenos Aires. He aquí el documento terminante: es el Testimonio del proceso formado por el tesorero Gareí Venegas y el contador Felipe de Cáceres ante el teniente gobernador Francisco Ruiz Galán contra el genovés León Pancaldo por haber introducido dos esclavos negros. Comenzó “en el puerto de Nuestra Señora Santa María de Buen Aire, en la Provincia del Río de la Plata, el primero día del mes de julio del nacimiento Nuestro Señor Jesucristo de mil e quinientos e treinta e ocho años” y, tras muchas actuaciones, el 8 de agosto de 1538, leemos lo siguiente “E después de lo susodicho, en el dicho puerto y Cibdad del Espíritu Santo, el señor teniente gobernado…” Hemos leído “puerto y Cibdad del Espíritu Santo. Por algo Juan de Garay encabezó el acta de fundación de la segunda Buenos Aires “en el nombre de la Santísima Trinidad, Padre e Hijo y Espriítu Santo”. El Espíritu Santo venía desde la primera fundación. Este Espíritu Santo tomó la forma de paloma en el escudo de la segunda Buenos Aires dado por el Cabildo, el 5 de noviembre de 1649.

Falta probar que en esta ciudad del Espíritu Santo había un Cabildo y vivían algunos regidores. Los reyes pensaron en los futuros vecinos de las ciudades que fundase don Pedro de Mendoza y le dijeron: “Concedemos a los dichos vecinos e pobladores que les sean dados por vos los salares en que edifiquen sus casa y tierras y caballerizas y aguas prudentes para personas”: También podía distribuir encomiendas de indios. Pues bien, Carlos V nombró los regidores que debían constituir los cabildos de las ciudades que fundase Mendoza. Lo hizo a mediados de 1536. Hemos conocido los nombramientos de 39 personas. El cronista Antonio de Herrera enumeró otros 29. unos fueron nombrados regidores en el pueblo donde residieron el gobernador y ofiales del Río de la Plata. Otros “del segundo pueblo que se poblare”. Y otros del tercer pueblo. Algunos que no pudieron embarcar, pidieron prórroga para presentase en el cabildo del pueblo donde residiese el gobernador. Otros que llegaron después del término fijado, no fueron admitidos por el Cabildo de Buenos Aires y pidieron que se les renovase el nombramiento, uno de los casos fue el de Hernán Rodríguez. Otros conquistadores que también llegaron después la fechas que se les había indicado, recibieron nuevas órdenes para que fuesen admitidos en los cabildos. Todos estos nombres son posteriores al regreso de la nave en la que murió Pedro de Mendoza. En España se sabía que en Buenos Aires había un Cabildo; de lo contrario no se habrían expedido esos nombramientos. Pero hay mucho más: la prueba de que el Cabildo no solo existió, sino que funcionó y que el alcalde de primer voto –el primer alcalde de Buenos Aires- fue Juan Pabón de Badajoz. El escribano del Cabildo de Buenos Aires, de 1594, encontró estos nombramientos y, sin duda, muchos otros documentos, y el 11 de de agosto de ese año publicó la lista de los señores alcaldes y regidores del Cabildo:

Los primeros alcaldes:

Juan Pabón, Tomás de Castro

Los primeros regidores:

Francisco López Rincón, Antonio Ayala, Fernando de Molina, Juan de orue, Gaspar de Quevedo, Luis de Hoces, Antonio de Monte Herrera, Tomás de Armentariz, Juan de Santa Cruz (alguacil mayor); Rodrigo de Villalobos (procurador).

Ana Cristina Misenta