A dos siglos de la fundación de la ciudad todavía se ignoraba el pavimento. Solo había calzadas de tierra con pronunciados desniveles donde se atascaban las carretas. Las calles en verano eran polvorientas y en invierno se formaban inmensos fangales.
Escribió Juan María Gutiérrez en 1860: “Los que viven en Buenos Aires y transitan por sus cómodas aceras no se imaginan cómo eran esas calles del siglo XVIII. A mediados de este, en 1757, y como consecuencia de una lluvia continuada de 35 días, quedó el vecindario confinado en sus casas, alimentándose de viandas secas como en una plaza sitiada. Formáronse pantanos y tan profundas hondonadas, que se necesitó poner centinelas en una de las cuadras de la calle y torres en las cercanías de la Plaza Principal, para evitar que se hundieran y ahogaran los transeúntes, principalmente los de a pie”.
A todo esto deberíamos agregar que las intensas precipitaciones destruían terraplenes y carcomían las bases de los edificios, las aguas servidas recorrían las calles y los cerdos andaban sueltos
El virrey Juan José de Vértiz y Salcedo, que asumió el poder en 1778, encaró por primera vez el adelanto edilicio de la ciudad, encomendando al ingeniero Joaquín Antonio Mosquera un estudio de nivelación y empedrado. A pesar de la iniciativa, comenzar el proyecto no fue fácil, dado que los vecinos temían que el paso de las carretas por el empedrado conmoviera los cimientos de las casas. Finalmente, los primeros que gozaron de este beneficio fueron los vecinos de Plaza Mayor a San Ignacio (hoy calle Bolívar).
La Vieja Recova
En 1776 —fines del gobierno de Ceballos y principios del de Bucarrelli—, comienza a girar la idea de construir en la Plaza una Recova. El proceso fue lento, la ejecución recién fue autorizada en 1802 por el virrey del Pino y le adjudicó el trabajo al Maestro Mayor de Obras de la Colonia, don Juan Bautista Conde. Consistía en un edificio de dos plantas, de estilo morisco, con cuartos dobles interiores e independientes, los del piso bajo estaban destinados al comercio y los de alto para alojamiento.
Así se concretó la idea de que la ciudad tuviera un mercado de abasto.
La Recova, entonces, dividió la Plaza Mayor en dos partes: La Plazoleta del Fuerte que servía a la fortaleza, y la Plaza Victoria (nombre dado en conmemoración de la Reconquista) frente al Cabildo y la Catedral. Ambas se comunicaban por la arcada central de la Recova.
Cuando pasaron los años y el edificio comenzó a deteriorarse, Rosas, en 1835, la puso en venta privada sin éxito. Medio siglo después, siendo intendente Torcuato de Alvear, se autorizó definitivamente su expropiación para mejorar esa parte de la ciudad. En pocos días se borró la arquería de la Recova Vieja, uniendo de nuevo las plazas de la Victoria y la del Fuerte que, desde el 25 de Mayo de 1811, se llamaba Plaza 25 de Mayo.
La historia de la Recova se puede resumir así: 26 años duró su gestión, fue construida en 9 meses y duró 83 años. Finalmente, fue demolida en 5 días.
Café Smith
Estaba ubicado en la calle Perú, junto a la Plaza de la Ranchería o mercado del Centro. No solo era café, también se servían comidas; se especializaban en platos ingleses.
El acontecimiento más importante del año 1838 fue el fallecimiento de doña Encarnación Ezcurra, la esposa de Rosas. En Buenos Aires fue un año clave también, por el bloqueo de las potencias europeas que traen como consecuencia la reducción de los recursos fiscales. También se produce una gran crisis ganadera, y se presume que si no existió un levantamiento popular fue el gran temor que el pueblo sentía por Rosas. De todas formas, el porteño, a pesar de la crisis, acude a la inauguración del Teatro Victoria, ubicado en el 954 de la calle del mismo nombre. Tan importantes fueron los problemas ese año que casi no hubo festejos para el día de la Independencia, pero un grupo de jóvenes se reúne en el café Smith en un acto organizado por las Asociación de Mayo. El banquete fue todo un éxito y entre los jóvenes estaba Esteban Echeverría que brinda por las esperanzas del espíritu de julio y por el pensamiento de Mayo. A partir de esa noche, en Buenos Aires, se conocerá al café de Smith como el “Templo de la Libertad”.
Café de la Comedia
En 1792 se incendia el Teatro de la Ranchería y hasta 12 años después, Buenos Aires no logró otra sala teatral. Recién el 5 de febrero de 1804 se prometió a la población la inauguración del teatro Coliseo, que en realidad era el Coliseo Provisional, que por autorización del Virrey Pino, comenzaron a construir don José Speciali y Ramón Aignase, propietario del café Don Ramón. El francés Aignase era el dueño del lugar, en el que además, se encontraba el local del café. En el otro extremo se hallaba el Café de la Comedia. La noche del 14 de julio de 1804 cuando se inaugura el teatro de Comedias con la representación de Los ápides de Cleopatra, el café inicia una nueva vida, pues hasta él llegaron muchos artistas de aquel momento, cómicos como: Velarde, Morante, Ortega; comediantes como Casacuberta; hombres públicos y escritores como Ambrosio Mitre, Vélez Gutiérrez, Camilo Enríquez, Wilde.
Debido al pésimo estado del techo, este café debió ser clausurado y ya no volvió a abrirse. Estos cafés, nacidos en la época colonial, existieron aproximadamente hasta la fecha que el país entra en la etapa de organización nacional, allí se reunieron los actores de estos acontecimientos.
Café de Marcos
Algunos caballeros se detienen al llegar a la esquina de la Santísima Trinidad (actual calle Bolívar). Indecisos ante la barrosa calle, buscan el paso de tierra para cruzar a la acera de enfrente: acunemos nuestra imaginación con cánticos de curiosidad y sigamos su rumbo. Ya han doblado por la Santísima, y al llegar a la esquina de San Carlos, se detienen expectantes. (La esquina de San Ignacio —calles de la Santísima Trinidad y San Carlos— es actualmente la intersección de Bolívar y Alsina). Algunos miran con goce espiritual el atrio de San Ignacio; los jóvenes menos ceremoniosos, apuran su mirada hacia la esquina (Revista Logos N.º 4, Bs. As. 1942). En 1801, El Telégrafo Mercantil indicaba que el dueño del nuevo lugar era don Pedro José Marco. A la entrada indicaba un cartel: "Villar*, Confitería y Botillería". Pero este café sorprendió por contar con un sótano para mantener frescas las bebidas y una gran innovación: un coche de cuatro asientos que podía ser alquilado por los parroquianos, los días de lluvia, en la temporada invernal, cuando a estos se les hiciera muy dificultoso llegar hasta sus casas.
Este café adquirió popularidad durante los años anteriores a 1810. Varias generaciones iniciaron su paso por la política en este café. Cuando el 1.º de enero, Martín de Álzaga planeaba allí la revuelta del Colegio San Carlos, las autoridades decidieron clausurar el café y detener a su propietario. Pero ya el lugar había pasado a la historia. Días después, hombres de Álzaga fueron llevados presos a Carmen de Patagones, y luego de ser liberados por el bergantín Hiena, de la Armada Española, cantaban desde la cubierta la siguiente estrofa:
Aunque se rompan los sesos
allí en el café de Marcos,
no evitarán que sus barcos
zozobren o sean presos.
Gaste millones de pesos
la República Argentina,
agote del Famatina
ese mineral tan vasto,
que a pesar de tanto gasto
no puede tener marina. (Gandía, Enrique, Orígenes desconocidos del 25 de mayo de 1910, pág. 292, Ed. O.C.E.S.A., Bs. As., 1960).
Lo cierto es que en esa esquina de la Santísima Trinidad y San Carlos, arden las pasiones de Castelli y Monteagudo: El mismo Monteagudo, cuyo espíritu fogoso iluminó las mentes aquella noche del 30 de junio de 1812, cuando el Triunvirato buscaba a don Martín de Álzaga, se encaramó en una mesa del Marcos y lanzó su desafío a la lucha. (Morales, Ernesto, La Prensa, 6 de diciembre de 1942).
Hay discrepancias en torno al nombre del café; para unos fue Marcos, para otros, Marco y Miguel Cané lo denominó Mallcos, incluso, existió un inglés que lo llamó San Marcos. Para el historiador Pérez Revello era el café de Marcos.
Para la generación de Mayo fue tan importante este café, que en ocasión de los disturbios del 11 de marzo de 1811, muchos de los jóvenes detenidos, al ser liberados, provocaron un tumulto callejero al grito de: ¡Al café, al café! Pero el final de este café se provoca por la llegada de la fiebre amarilla, el temor a la barriada del sur, centro de la epidemia, aleja a los hombres hacia el norte y el café va muriendo poco a poco.
No fue el único café de este propietario, contó con otro que estaba ubicado en la esquina actual de Perú y Alsina y estaba atendido por un socio: Antonio F. Gómez. A él acudían los artistas que actuaban en el Teatro de la Ranchería hasta que se incendió (1804) y la gente que concurría al mercado Viejo o del Centro.* La palabra billar, en la época colonial, se escribía villar.
Capítulo 9 - Salamancas
El acceso al interior de las salamancas, a la manera de los templos o escuelas mágicas del Egipto y del Asia, está, por lo general, vedado. Para merecer y poder entrar en ellas, es necesario revestirse de mucho coraje y de mucha indiferencia a todo cuanto rodee y sea capaz de hacer impresión leve o vehemente en los sentidos y en el ánimo del aspirante, que debe tener al intento la impasibilidad de un estoico. Pruebas terribles, aparatos y ceremonias magníficas, que traen a la mente las que usaron los pueblos de Oriente y las que diz que usan los masones en la recepción de sus neófitos, esperan al sujeto que quiere iniciarse en los misterios de la salamanca. [...]
[...]Cuentan que hubo un hombre que, siguiendo los consejos de un amigo, se propuso ir a buscar a una salamanca los medios de ser feliz, que no creía ni encontraba fáciles de hallar en el mundo. Para el efecto, encaminóse, con arreglo a las instrucciones que del amigo recibiera, hacia el ocaso, a puesta del sol. Después de nadar un largo trecho, sin saber cómo ni cuándo, topó de manos a boca con dos formidables yaguaretés, o tigres del país, que estaban peleando enfurecidos. El peregrinante debía proseguir su camino, sin temor, sereno, imperturbable, entre los mayores peligros o daños que pudieran amenazar u oponérsele al paso. Así lo hizo; y pasó inmune por entre las ensangrentadas uñas y colmillos de los dos tigres horripilantes. Halló enseguida dos bravísimos leones despedazándose; y por entre sus garras y sus dientes pasó tranquilo y pausado, sin que la más mínima lesión hubiese herido su epidermis. Luego pusieron en inminente peligro la vida del caminante las desnudas espadas de dos irritados combatientes; pero entre las cuales pasó él, sin embargo, ileso. Más adelante se halló en medio de una espaciosa campiña alfombrada de césped, asombrada con esbeltos árboles frondosos, esmaltada con floridas plantas odoríferas que encantadoras ninfas cultivaban, cubierto el cielo de bandadas de pájaros maravillosos por la hermosura de su plumaje y su dulcísima melodía de su canto. Pero el peregrinaje debía de ser tan insensible a los atractivos de la belleza y de los halagos más eficaces o tentadores, como indiferente a los peligros y a las cosas que mayor repulsión causan ordinariamente al hombre. ¿Quién creyera, conociendo la condición humana, que también en esta parte había de cumplir al pie de la letra el peregrinante las instrucciones que le diera aquel amigo suyo ya iniciado en los misterios de las salamancas? Nada le valió empero el sacrificio heroico que hiciera de los más legítimos afectos, la constancia con que sobrellevara los más temibles trances que pusieron a prueba su fortaleza e inmutabilidad durante su peregrinación por sendas y regiones nunca holladas de su planta. O alguna vez flaqueó, cuando menos con la intención, siempre insegura en medio de tantas solicitaciones como las rodean al hombre en el mundo y le rodean a él en la subterránea mansión de los seres encantados; o el destino, contra el cual vana en toda resistencia, le conducía ineludiblemente a un término fatal en una vida llena de peripecias crueles. Entre estas tinieblas, tras larga jornada, apersonósele un individuo que por la voz y gravedad con que hablaba conoció ser un anciano, quien, haciéndole sentar, preguntó qué buscaba y qué quería. Luz, dijo el peregrino. ¿Qué clase de luz? repuso el anciano, ¿blanca o negra? Maquinalmente, sin hacerse cargo de las consecuencias que pudiera traer una respuesta inconsiderada, sin pensarlo, respondió: negra. El anciano colgó del cuello del peregrino una bolsita que contenía un negrillo de palo, diciéndole: ahí tienes lo que me pides. Una serie no interrumpida de contrariedades y amarguras ocasionadas, ora por lo que se llama desgracia o mala suerte, ora por propia imprudencia, por propio vicio y por propia malicia; tal fue la vida del peregrino, después de su salida de la salamanca.
La luz negra, que, junto con los rayos visibles, a los ojos de la ciencia ilumina los espacios, concurriendo poderosamente a la vida universal, para el mago y para el vulgo surge de los abismos y envuelve al hombre en lúgubres sombras de muerte que le hacen desgraciado en el mundo. [...]
[...]Salamanca, tratándose de cuevas mágicas o encantadas, no es otra cosa etimológicamente que el nombre sustantivado de la antigua y célebre ciudad que como propio le lleva en España. Hubo en términos de Salamanca (y sin dudas habrá más aún) una cueva llamada de San Cebrián, famosa de antiguo por la creencia vulgar de que allí enseñaban la nigromancia y otras artes de encantamiento. Conociósela también en la Península por el nombre liso y llano de cueva de Salamanca. [...]
[...]El insigne dramaturgo Juan Ruiz de Alarcón compuso también una comedia con el título de La cueva de Salamanca. Otros muchos escritores de más o menos nombradía contribuyeron a hacer proverbiales, en son de burla, mediante graciosas escenas y descripciones, la ya vulgarizada patraña de la cueva de Salamanca.
El vulgo complacíase en tales consejas; pero el más crédulo no por eso dejaba de tomar a lo serio las cosas. No era solo la de Salamanca, sino también la de Toledo, cueva encantada famosa. Decían que en una y en otra se había enseñado la magia en tiempos de los sarracenos. Después de la expulsión de los oros, continuó asociada a esas y muchas otras cuevas la idea de los encantamientos.
La fama de las maravillas de que era testigo el que visitaba la misteriosa cueva de Salamanca, extendiéndose por toda España, pasó a los mares de Occidente en boca de pobladores del Nuevo Mundo, cuyas cavernas llenaron de encantadores y adivinos. La cueva de Salamanca produjo así en América no corto número de salamancas. [...]
[...] Aunque las salamancas de que se trata sean originarias de la Península, no por eso ha de creerse que toda cueva encantada tenga la misma procedencia; pues no pocas hay en las regiones del Plata, así como en el resto del continente, que fueron reputadas albergue de prodigios por los naturales que antes del descubrimiento poblaban la tierra, y en ellas asimismo establecieron su escuela y su oratorio los magos indígenas, mensajeros y ministros de añanga, de gualicho y otras divinidades representativas del demonio. ¿Qué superstición habrá que, nacida en el Viejo Mundo, carezca de otra análoga o semejante en el Nuevo Mundo? La condición humana y la naturaleza exterior en todas partes son idénticas. Variarán los accidentes, ofrecerán diversas particularidades; pero, en el fondo, el que nació en Europa hallará en el Asia, en el África, o en la Oceanía, en la primitiva América, reproducidas las mismas cosas. [...]
[...]En cuevas y lugares ocultos, donde rendían culto a su divinidad infernal, a quién invocaban en sus consultas y empresas graves, encerrábanse también, entre araucanos, por largo tiempo, los que aspiraban a iniciarse en las doctrinas y secretos de la magia que los machíes y huecuvuyes practicaban. Allí permanecían todo el tiempo necesario sin ver entretanto el sol, pasando por diversas pruebas, entre ellas las aparentes de arrancarles los ojos y la lengua, para sustituir una y otros con la lengua y ojos de Pillán o Huecuvú (su dios tutelar), y el meterle una estaca por el vientre, sacándola por el espinazo.
Los huecuvuyes o reníes, entre los araucanos, andaban vestidos con unas mantas largas, llevando también largo el cabello. Los que no le tenían naturalmente largo, suplíanle con una cabellera postiza de cochayuyo o de otro filamento vegetal. Vivían separados del concurso de las gentes y durante largo tiempo permanecían incomunicados en lóbregas cuevas de montañas escarpadas. El nombre de Huecuvuyes les viene de Huecuvú, que, del mismo modo que Pillán, representaban una divinidad, que para los nuevos pobladores no significa ni podía significar otra cosa que el demonio, a quien consultaban para dar sus respuestas y ejercer los demás actos propios de su ministerio.
En hondos y secretos soterraños
Tienen capaces cuevas fabricadas,
Sobre maderos fuertes afirmadas
Para que estén así nestóreos años:
Las cuales, en lugar de ricos paños,
Están de abajo arriba entapizadas
Con todo el suelo en ámbito de esteras
Y de cabezas hórridas de fiera.
Pedro de Oña; Arauco domado, Acto II.
Los huecuvuyes sacrificaban víctimas humanas y de animales a su deidad, incesando con el humo del tabaco. Ni faltaban en las cavernas las serpientes y los lagartos, las transformaciones de seres humanos en cóndores y en otras clases de animales, el fuego, los estruendos y otros encantos. Las ramas de canelo, árbol sagrado, figuraban en sus ceremonias, como en las de los machíes cuando hacían sus curaciones. [...]
[...]Los que aspiraban a iniciarse en los arcanos de la magia, entre los guaraníes, sufrían rígidos ayunos, mortificábanse con duras penitencias, absteníanse del contacto con el agua, de toda loción de su cuerpo, de todo abrigo, de toda otra comida que la pimienta y el maíz tostado en cortísima cantidad, en lugares fríos, lóbregos y retirados, donde el demonio acudía a sus fervientes invocaciones. Cuando volvían al mundo, invocábanle bebiendo la yerba del Paraguay, que para el efecto reducían el polvo. [...]
Café de Los Catalanes
Todo El Café de los Catalanes estuvo impregnado de misterio por poseer un nombre hispano, cuando fue fundado por un gringo de origen ligur: don Miguel Delfino. Cuando este falleció, el comercio fue transferido a Francisco Migoni, también italiano. Lo refaccionó y le dio gran impulso hacia el año 1856.
Estaba ubicado en la esquina de Cangallo y San Martín y fue frecuentado por las familias más destacadas de la sociedad porteña. El local contaba con una espaciosa sala y un patio grande y muy hermoso. Allí se consumía: café, té, chocolate, candial, horchata, naranja y copas con bebidas alcohólicas. El frente del edifico tenía su entrada por la ochava esquinera y su portal tenía forma de ojiva; del dintel de la puerta pendía un toldo que servía en la temporada de lluvias para esperar los carros o coches. Dos ventanales muy grandes escoltaban lateralmente la ochava.
Fue algo particular de este lugar su manera de servir el café con leche, lo hacían en grandes tazones que se llenaban hasta desbordar y cubrir luego el plato que lo sustentaba, se le entragaba al cliente una sola medida de azúcar, no refinada, envasada en una lata; el parroquiano vertía el azúcar en el tazón y recién después, el mozo servía el café con leche hasta el desborde. El servicio se completaba con tostadas cubiertas con manteca y una capa de azúcar.
Vicente Fidel López afirma que fue muy frecuentado en la época previa a la Revolución de Mayo. En este café se reunieron los primeros grupos que organizaron reacciones contra el virrey y su régimen. Allí estuvieron: Pancho Planes, Víctor Fernández Grimau, Enrique Martínez, Fontuzo, Voizo y otros jóvenes que reunían a la gente para atraerla hasta el centro y así organizar manifestaciones que pedían la renuncia del virrey. Este café estuvo totalmente ligado a lo popular de la Revolución de Mayo. Existió hasta el año 1873.
Fonda de La Catalana
Como muchas otras fondas, también cumplía la función de café. Estaba ubicada en la esquina que hoy ocupa el Banco Hipotecario Nacional. Era un lugar muy especial, llamado los Altos de los Escalada. Eran muy pocas las casas de altos que existían en esa época, y la de los Escalada era una de esas pocas. La fonda estaba en la planta baja, arriba de esta, habitó la familia Escalada, donde nació Remedios, la esposa del general San Martín. Hacia 1812, era una de las cinco casas de alto que existían en la ciudad. Cuando la familia Escalada la abandonó lo hizo para trasladarse a la esquina de Cangallo y San Martín. A partir de ese momento, la casona fue ocupada primero como hotel y después como cuartería. Circunstancias de la picardía porteña la bautizaron como los Altos de la Cuartería o la Balconada, dado que al quedar convertida en casa de inquilinato, las personas que la habitaban usaban los balcones para refrescarse en el verano. Pero a pesar de todo esto, en la cuadra se seguía destacando La Catalana. José Antonio Wilde, en su libro Buenos Aires, 70 años atrás, cuenta que su dueña era rubicunda, bien agraciada y servía las comidas españolas con mucho esmero, entre los platos que allí se servían se destacaba el mondongo a la catalana.
Café Dos Amigos
El día de la inauguración de este café, dos acontecimientos conmovieron a Buenos Aires, uno fue la inauguración de la navegación de vapor en el Río de la Plata, un viaje que se realizó a San Isidro con 40 personas a bordo. Las quintas de San Isidro recibieron en el arroyo Sarandí a la embarcación impulsada en forma mecánica. El otro acontecimiento fue la noticia de que en la ciudad de Lima había sido asesinado Bernardo de Monteagudo. Estos acontecimientos empañaron la inauguración de este café que nunca tuvo trascendencia.
Café de La Victoria
Se sostiene que La Victoria era el más caro de los cafés de Buenos Aires. A él asistían las personas aristocráticas de la colonia. Era el lugar de reunión de gente mayor y adinerada que adoraba el lujoso local, que tenía características del siglo XVIII en su decoración y que combinaba con enormes espejos. Quien lo frecuentó mucho fue Juan Cruz Varela, el vate de los unitarios, que encontraba en aquella decoración un ambiente ideal para su literatura clásica. Además, en La Victoria, el 27 de abril de 1827, se festejó el triunfo de la Armada Nacional en el combate de Los Pozos con un homenaje al almirante Brown.
Estaba ubicado en la calle Victoria N.º 121, según consta en la Guía de Comercio de Buenos Aires del año 1879. Por su ambiente aristocrático, los jóvenes con sus discusiones políticas no asistían a La Victoria.
Fonda de los Tres Reyes
En la calle del Fuerte, conocida en la nomenclatura de 1808 como la calle Arze, entre Rivadavia y Bartolomé Mitre estaba este solar. Allí concurrían muchos oficiales ingleses, que durante las invasiones y luego de ellas, se instalaron definitivamente en el Plata. También se reunieron allí los conjurados que acompañaban a Álzaga, en los días previos a los acontecimientos del 1.º de enero de 1809.
Capítulo V. Médicos indios
Los médicos, entre las sociedades salvajes, han sido siempre los hechiceros, como que, para ellas, toda dolencia humana, lejos de proceder de causas naturales que por medios idénticos pudiese ser combatida, no es sino cosa de brujería, que solo podrá deshacerse por personas que de una manera o de otra tengan comunicación o pacto con el diablo o genio del mal. El hechicero reunía al mismo tiempo la cualidad de adivino y el oficio de sacerdote. Los piaches, de mucha fama en las regiones que baña el Orinoco, eran a la vez sacerdotes, adivinos y hechiceros. Para infundirse el espíritu de entusiasmo o de inspiración que necesitaban en las ocasiones más arduas, internábanse en los arcabucos o montes de mayor espesura, y con clamorosos alaridos y gesticulaciones estrambóticas y espantables, invocaban al demonio, que acudía a sus ruegos, asistiéndoles en el trance que motivaba el llamamiento. Contando ya con el auxilio del demonio, metíanse en oscuros bohíos o chozas diputadas para oratorios. Allí, a fuer de oráculos, absolvían las consultas que se les dirigían, y sus consejos o decisiones eran aceptadas como un fallo inapelable.
En la propia forma, ni más ni menos, procedían los magos o adivinos y hechiceros de todas las generaciones que ocupaban el Nuevo Mundo. Los del Río de la Plata, metidos en lo más recóndito de un monte, donde se hallaba la chozuela que les servía de templo o locutorio, enardeciendo su espíritu con abundantes libaciones de chicha, vociferando o brincando y haciendo visajes y contorsiones como un hombre que está fuera de sí, entre los bramidos del tigre y otros gritos aterradores de diversos animales, dirigían sus reverenciadas alocuciones al pueblo, que los escuchaba estupefacto. Eran árbitros del bien y del mal, de la vida y de la muerte, de la fuerza de los elementos; hacían bramar y enfurecerse las fieras, desencadenarse las tempestades, alterarse los mares, crecer o secarse los ríos y lagunas, inundar las tierras. Referían puntualmente lo que estaba pasando en lugares remotos y encantaban a una persona de modo que no le era posible moverse, comer, dormir, hablar ni estar tranquila sin que ellos se lo mandasen. Observaban, para merecer el don de la magia, rigidísimos ayunos y mortificábanse con acerbas penitencias corporales, absteniéndose entretanto de todo género de baños o lavatorios. Vivían desnudos y solitarios en lugares lóbregos, fríos, apartados. No probaban otro alimento que el maíz tostado y el ardiente ají o pimienta. Andaban desgreñados, largas las uñas, macerado el cuerpo, causando horror a las gentes, hasta que, desfallecido y enajenados, recibían de la divinidad, que invocaban con sumo recogimiento y fervor, la privilegiada facultad de hacer cosas estupendas o milagros. Como se ve, las prácticas de estos magos no se diferenciaban de las que observaron los discípulos de Zoroastro, de las que siguen los fakires o santones en el continente asiático, de las que prohijara la Grecia y Egipto, de las que extendiera en la península la dominación arábiga. [...]
[...]Los magos que la conquista halló en América tenían no pocos rasgos de semejanza con los que acompañaron a los nuevos pobladores. Los magos advenedizos, como que se encontraron con hermanos de oficio, tomaron de ellos cuanto les pareció convenir a sus designios. Por eso se advierte en los ensalmos y hechizos y en las ceremonias de los magos criollos mucho de indígena mezclado con lo tradición oriental y europea.
Los aborígenes del Misisipi usaban los propios medios de curar que los del Orinoco, del Amazonas y del Plata. Todos curaban, más o menos, de la misma manera: imponiendo y pasando las manos a guisa de magnetizadores, soplando, sajando y chupando, operaciones que ejecutaban los curanderos mágicos o sacerdotes. [...]
[...]Las causas del dolor o de la muerte eran análogas en todas partes. Ni el dolor ni la muerte procedían de causas naturales. El genio del mal introducía en el cuerpo del individuo a quien quería hacer sufrir o matar, instrumentos punzantes, cortantes o roedores, o seres vivientes, que producían el dolor y la muerte. A veces las causas del dolor son invisibles, pero tienen siempre el mismo origen. Un mago o hechicero, que tenía comunicación con el genio del mal, a quien invocaba en ocasiones graves para ejercer su ministerio, extraía con la boca o echaba afuera con las manos las causas materiales o invisible de los padecimientos humanos. [...]
[...]El modo más constante, casi el modo ordinario que tenían los indígenas de curar las enfermedades en todo el continente americano, ha sido la succión mañosamente ejercida por hechiceros (sus médicos) a fin de extraer por su medio las causas materiales del dolor: un insecto, un gusano, una astillita, una espina. [...] En el lugar donde se hallaba, o donde creían que se hallaba la dolencia, chupaban. Para facilitar la extracción o salida de las causas del mal, solían también, antes de proceder a la succión, sajar la piel en el punto en que debían efectuarla. Los chupadores o sajadores aparecen en las tolderías del guaraní, del chaqueño, del pampa, del patagonés, del fueguino, del araucano. [...]
[...]Lo ordinario será que el diablo dañe al hombre, introduciendo en su cuerpo instrumentos punzantes, cortantes y desgarradores, o seres animados, que destruyan su organismo; un dardo o una flecha diminuta, un hueso, una espina, una pedrezuela, una astilla, un gusano, un insecto voraz y repugnante. Algunos diablillos, como el ayacuá, que era un gorgojo del campo, estaban armados de arco y flechas con los que asestaban certeros y fáciles tiros a las personas que elegían por víctimas. Cuando esto no bastaba, enfurecidos, se abalanzaban al paciente, mordiéndolo y arañándolo con tal saña, que dejaban clavadas las uñas y dientes. De los pampas, hechiceros que tenían pacto con sus respectivos añanga y gualicho, aparentasen sacar de la boca, después de la succión, los gusanos, insectos, astillitas, flechillas, uñitas, espinas, huesecillos o dientecitos que el enfermo tenía en el cuerpo.
Un historiador moderno, tomando como resultado la observación de las causas y de los defectos en el orden natural las prácticas engañosas de los hechiceros, ha llegado a suponer cierto género de conocimientos terapéuticos en los aborígenes de Uruguay. Pondera las dotes culminantes de la raza que poblaba las comarcas uruguayas, de la que hace un retrato moral muy hermoso. Con tal motivo asevera que los indios a que se alude conocían el uso de la ventosa: chupaban con fuerza la parte dolorida del cuerpo, hasta conseguir la inflamación cutánea. De donde resulta que la chupadura tenía por fin hacer afluir los humores de la superficie al cuerpo, o bien efectuar una revulsión, como sucede con las ventosas que aplica la medicina. Tal idea supondría, con efecto, en los charrúas bastante buen criterio y algún estudio de la naturaleza. Pero lo que hacían los charrúas, como todas las demás parcialidades del Río de la Plata era aparentar que extraían del cuerpo del paciente el maleficio que había introducido añanga o gualicho; para lo cual los médicos o hechiceros (machíes, payés), que en realidad de verdad eran unos grandes bellacos, llevaban disimuladamente en la boca, debajo de la lengua, como queda indicado, los gusanos, espinas y farsas al enfermo y circunstantes. Chupaban con fuerza precisamente para hacer creer que trabajaban con afán por extraer el objeto o ser maléfico introducido por el diablo en el cuerpo del paciente, donde se había prendido, digámoslo así, con uñas y dientes. Uno de estos médicos dejó tuerta a la mujer del cacique Lincón, de tanto chuparle un ojo que tenía inflamado. [...]
[...]Supone asimismo el historiador impugnado que las mujeres de los indios iban a parir al río, inducidas de una idea que tuvieran formada acerca de los beneficios del agua, que aplicaban, junto con las fricciones, como método terapéutico, a todas las enfermedades en ambos sexos. [...]
[...]El modo de parir de las charrúas hanlo tenido, no solamente todos los salvajes del Río de la Plata, sino los de Brasil y probablemente los de otras regiones de América. Pónense en cuclillas las parturientas en la orilla de un río o de una laguna; paren; se lavan ellas y lavan la criatura. Luego se vuelven a sus casas tan serenas como si nada les hubiera pasado. [...]
[...]Los pampas y pegüenches tenían, aparte de los procedimientos mágicos, sus yerbas que la Pampa y sierras de los Andes les ofrecían, y hasta sus compuestos medicinales. Usaban, con efecto, una bebida, que, por lo calmante, haría sin duda las veces de un té de malvas. Componíase de pólvora, jabón y piedra lipis o vitriolo (sulfato de cobre) disueltos en agua. ¿Qué gualicho resistiría la acción urente de este fármaco? Si por fortuna se hallaba aquel al alcance de la mano, como en una llaga, de seguro no se les escapaba; metían en la llaga un puñado de pólvora; o curarse o reventar. Ya se deja ver que tales procedimientos son modificaciones que los indios introdujeron en el arte de curar después de la conquista. Tampoco desconocieron la cirugía, y, por ende, la anatomía y la fisiología. Así, por ejemplo, si la enfermedad era interior, abrían el vacío del paciente, cortaban un pedazo de entraña y se lo hacían tragar. Pero lo que da más envidia es ver un enfermo, debajo de un toldo de mantas o ponchos, ya moribundo, rodeado de mujeres y hombres que por medios ejecutivos y con infernal ruido de cascabeles y voces estentóreas intentan ahuyentar a las deidades adversas (gualichos de otras generaciones o de hechiceros enemigos) que introdujeron el mal, entretanto que él o la médica se esfuerza por extraerlo, chupando la parte dolorida. El paciente contempla resignado esta barahunda y aguanta el baqueteo, hasta que vivo o muerto, sale de su cobertizo. Si no lo aguanta, y en su desesperación, huyendo, aplastado por la fiebre, cae al suelo, allí le ultiman a lanzadas. A patadas y puñetazos, que por de contado recibe el paciente, echan de su cuerpo al maligno espíritu los indios de Tierra del Fuego.
Los araucanos tenían, de la propia manera que los pampas, sus machíes o maches, encantadores y hechiceros que ejercían el arte de curar por medios supersticiosos, como que atribuían a Huecuvú o Pillán la causa de sus dolencias. Entre ellos había una clase a que daban el nombre de hueyes (nefandos), que llevaban por vestido una camiseta y un delantal llamado puno, al modo de las mujeres. Usaban el cabello largo y suelto, y las uñas crecidas. Las ceremonias en el acto de curar eran semejantes más o menos a las de todos los pueblos salvajes del Nuevo Mundo. No había de faltar, siendo posible, una rama de su reverenciado canelo, valiéndose asimismo de la succión para extraer de la parte enferma el objeto destructor de la existencia que en él había introducido el Pillán. [...]
A pique sobre las barrancas del Río de la Plata y en torno de una fortaleza de barro, se agrupó el primer núcleo de población que constituiría el origen de la Villa de la Santísima Trinidad. Puerto de Santa María de Buenos Aires.
Según el historiador Pérez Revello, hay dos fuentes sobre el origen del nombre de la fundación; una legendaria: se apoya en una virgen de origen italiano, Nuestra Señora de Bonaria (Nuestra Señora del Buen Aire), entronizada en un convento mercedario de Cagliari (Cerdeña) que los marineros veneraban por sus milagros en el mar. La segunda, apoyada en datos históricos, se relaciona con el arribo del fundador Pedro de Mendoza, en cuya expedición figuran dos religiosos mercedarios, que obviamente, conocían los milagros de esta virgen, pues era muy popular en toda la marinería. Como Pedro de Mendoza estaba muy enfermo cuando arribó a nuestras tierras, estos monjes lo convencieron para que le pusiera a la fundación el nombre de la virgen, y que con sus milagros lo ayudara a concretar la empresa con éxito.
Años más tarde, sin que la primera fundación prosperara, Juan de Garay insistió en repoblar el mismo suelo. Así fue como erigió el Acta de la Segunda Fundación de Buenos Aires.
El fundador eligió para esto, el sector de la meseta que hoy se extiende desde Parque Lezama y Plaza San Martín, pasando hacia San Telmo por el Alto de San Pedro. Este lugar estaba surcado por zanjones y arroyos muy pequeños llamados tercetos.
Los tercetos hacían un largo recorrido antes de desembocar en el Río de la Plata: el Terceto del Sud iba desde lo que hoy es Plaza Constitución, y tomaba por el Zanjón de los Granados a la altura de la calles Chile, Independencia y México. El Terceto del Medio, llamado también Terceto del Norte, torcía desde Plaza Congreso hacia Viamonte y Córdoba, y desembocaba por el Zanjón Matorras a la altura de las calle Tres Sargentos. También corría por la zona el Arroyo Manso, este nacía de lagunas y de bañados a la altura de Venezuela, Córdoba, Pasteur, Corrientes y Paso, enfilaba por la calle Austria, después de pasar por la Recoleta y de cruzar la avenida Alvear.
Juan de Garay al repartir las tierras dio a la planificación inicial la característica simétrica que conserva la ciudad, que al desarrollarse con lentitud durante los primeros siglos fue adicionando cuadrículas a los lotes y cuartos de manzanas.
La más antigua relación que existe de la aldea de Garay es la de Enrique Otsen, que llegó al Río de la Plata en 1599. La describe como un llano abierto, pobre, sin árboles y con algunas casas dispersas.
También se posee la visión del cartógrafo holandés Juan Vingboons, después de que la aldea cumpliera su primer medio siglo. Este indica que solo se veía una franja del río surcada por una goleta y algunos barquitos, y en las barracas, la silueta del Fuerte, la torre de una Iglesia y unas pocas casitas.
Según un plano de 1708, los edificios con que contaba la ciudad eran: el Fuerte San Juan Baltasar de Austria, de puente levadizo, la pequeña Iglesia Matriz, el Cabildo, que era una modesta casita y el Colegio de la Compañía de Jesús. Todo esto estaba emplazado entorno de la Plaza Mayor, y no lejos de este sitio, se ubicaban los conventos de la Merced, Santo Domingo y San Francisco. La Iglesia Mayor, en esa época —según un informe del religioso Manuel Herre—, era el único edificio de de cal y ladrillos.
A través de la cronología planimétrica de los planos más antiguos de Buenos Aires de A. Taullard, que arrancan desde el de la fundación, se puede seguir paso a paso el lentísimo desarrollo de la ciudad hasta el último tercio del siglo VIII, cuando comienza a dejar de ser modesta, para convertirse en una de las ciudades más bellas e importantes del mundo.

Los cafés en Buenos Aires tuvieron vigencia desde la época colonial. El primer local fue el "Almacén del Rey", que ya figura en documentos oficiales durante el año 1764. José Torre Ravello manifiesta que estaba ubicado en la Recova Vieja. Con el correr de los años, se instaló allí un famoso comercio: "Empanadas Rey", que más tarde se transformó en el café "La Sonámbula".
La primera mención a los cafés que los documentos coloniales registran datan del año 1779, oportunidad en que el virrey Vértiz y Salcedo promulga un auto por el que ordena a las autoridades que dentro del término de 24 horas debían notificar, a la Secretaría de la Cámara de Gobierno, la presencia de toda persona —decía— mal entendida o vagabunda cuya detención se hubiera efectuado en pulpería, casa de truco, cafetería u otro lugar, donde se hallaran jugando a naipes u otra clase de juegos prohibidos. Aquí entonces encontramos, una nueva denominación de esta actividad comercial: casa de truco; pero lo que interesa es la denominación oficial de cafetería. También, antiguos registros que brinda el diario de don José Francisco de Aguirre, ya menciona la existencia de los cafés, confiterías y posadas públicas en el año 1783.
En el siglo XIX, hacia el año 1806, un documento aportado por don José Torre Ravello demuestra cómo estaban jerarquizados los comercios del ramo durante la administración colonial. Los cafés se diferenciaban por el número de villares que poseían. Así están documentados:
Cafés con dos villares
Pedro José Marco
Ramón Aignase
José Mestres
Cafés con tres villares
Domingo Alcayata
Francisco Cabrera
Juan Antonio Pereyra
Martín Castañeda
Antonio Basconcelos
Francisco Turpía (café ubicado frente al colegio San Carlos)
Carlos Sosa
Juan Luis Rizola
José Miguelen
Domingo Mendiburu
Si bien los cafés estaban diferenciados por poseer dos o tres mesas de villar, el asunto que más atraía a los concurrentes era la vida social y las disputas o controversias de tipo político que allí se daban, motivo muy convincente como para que estuvieran clasificados y etiquetados, además, de que el café significó un golpe fuerte para las tranquilas costumbres de la sociedad colonial.
En Lima (Perú), se produjo una reacción similar. El primer café limeño fue autorizado por el virrey Manuel Amat y Juniet en 1771. Estaba ubicado en la Calle del Correo y pertenecía al señor Francisco Serio.
También se sintió el impacto de los cafés en Montevideo (Uruguay), aunque de manera más leve. El primer café en nuestro hermano país se montó en 1792 y su dueño era el francés José Beltrán.
En casi todos los centros poblados de América española, los cafés produjeron un sentimiento dual, asombro y alegría. Las preocupaciones y los trastornos sociales llegaron más tarde. Pero pese a ello se mantuvieron, porque aportaban importantes ingresos que ayudaban al gobierno virreinal.