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9.09.2008

Los cafés de Bs. As. Época colonial (3)

Café de Los Catalanes

Todo El Café de los Catalanes estuvo impregnado de misterio por poseer un nombre hispano, cuando fue fundado por un gringo de origen ligur: don Miguel Delfino. Cuando este falleció, el comercio fue transferido a Francisco Migoni, también italiano. Lo refaccionó y le dio gran impulso hacia el año 1856.

Estaba ubicado en la esquina de Cangallo y San Martín y fue frecuentado por las familias más destacadas de la sociedad porteña. El local contaba con una espaciosa sala y un patio grande y muy hermoso. Allí se consumía: café, té, chocolate, candial, horchata, naranja y copas con bebidas alcohólicas. El frente del edifico tenía su entrada por la ochava esquinera y su portal tenía forma de ojiva; del dintel de la puerta pendía un toldo que servía en la temporada de lluvias para esperar los carros o coches. Dos ventanales muy grandes escoltaban lateralmente la ochava.

Fue algo particular de este lugar su manera de servir el café con leche, lo hacían en grandes tazones que se llenaban hasta desbordar y cubrir luego el plato que lo sustentaba, se le entragaba al cliente una sola medida de azúcar, no refinada, envasada en una lata; el parroquiano vertía el azúcar en el tazón y recién después, el mozo servía el café con leche hasta el desborde. El servicio se completaba con tostadas cubiertas con manteca y una capa de azúcar.

Vicente Fidel López afirma que fue muy frecuentado en la época previa a la Revolución de Mayo. En este café se reunieron los primeros grupos que organizaron reacciones contra el virrey y su régimen. Allí estuvieron: Pancho Planes, Víctor Fernández Grimau, Enrique Martínez, Fontuzo, Voizo y otros jóvenes que reunían a la gente para atraerla hasta el centro y así organizar manifestaciones que pedían la renuncia del virrey. Este café estuvo totalmente ligado a lo popular de la Revolución de Mayo. Existió hasta el año 1873.

Fonda de La Catalana

Como muchas otras fondas, también cumplía la función de café. Estaba ubicada en la esquina que hoy ocupa el Banco Hipotecario Nacional. Era un lugar muy especial, llamado los Altos de los Escalada. Eran muy pocas las casas de altos que existían en esa época, y la de los Escalada era una de esas pocas. La fonda estaba en la planta baja, arriba de esta, habitó la familia Escalada, donde nació Remedios, la esposa del general San Martín. Hacia 1812, era una de las cinco casas de alto que existían en la ciudad. Cuando la familia Escalada la abandonó lo hizo para trasladarse a la esquina de Cangallo y San Martín. A partir de ese momento, la casona fue ocupada primero como hotel y después como cuartería. Circunstancias de la picardía porteña la bautizaron como los Altos de la Cuartería o la Balconada, dado que al quedar convertida en casa de inquilinato, las personas que la habitaban usaban los balcones para refrescarse en el verano. Pero a pesar de todo esto, en la cuadra se seguía destacando La Catalana. José Antonio Wilde, en su libro Buenos Aires, 70 años atrás, cuenta que su dueña era rubicunda, bien agraciada y servía las comidas españolas con mucho esmero, entre los platos que allí se servían se destacaba el mondongo a la catalana.

Café Dos Amigos

El día de la inauguración de este café, dos acontecimientos conmovieron a Buenos Aires, uno fue la inauguración de la navegación de vapor en el Río de la Plata, un viaje que se realizó a San Isidro con 40 personas a bordo. Las quintas de San Isidro recibieron en el arroyo Sarandí a la embarcación impulsada en forma mecánica. El otro acontecimiento fue la noticia de que en la ciudad de Lima había sido asesinado Bernardo de Monteagudo. Estos acontecimientos empañaron la inauguración de este café que nunca tuvo trascendencia.

Café de La Victoria

Se sostiene que La Victoria era el más caro de los cafés de Buenos Aires. A él asistían las personas aristocráticas de la colonia. Era el lugar de reunión de gente mayor y adinerada que adoraba el lujoso local, que tenía características del siglo XVIII en su decoración y que combinaba con enormes espejos. Quien lo frecuentó mucho fue Juan Cruz Varela, el vate de los unitarios, que encontraba en aquella decoración un ambiente ideal para su literatura clásica. Además, en La Victoria, el 27 de abril de 1827, se festejó el triunfo de la Armada Nacional en el combate de Los Pozos con un homenaje al almirante Brown.

Estaba ubicado en la calle Victoria N.º 121, según consta en la Guía de Comercio de Buenos Aires del año 1879. Por su ambiente aristocrático, los jóvenes con sus discusiones políticas no asistían a La Victoria.

Fonda de los Tres Reyes

En la calle del Fuerte, conocida en la nomenclatura de 1808 como la calle Arze, entre Rivadavia y Bartolomé Mitre estaba este solar. Allí concurrían muchos oficiales ingleses, que durante las invasiones y luego de ellas, se instalaron definitivamente en el Plata. También se reunieron allí los conjurados que acompañaban a Álzaga, en los días previos a los acontecimientos del 1.º de enero de 1809.

8.28.2008

Supersticiones del Río de la Plata (3)

Capítulo V. Médicos indios

Los médicos, entre las sociedades salvajes, han sido siempre los hechiceros, como que, para ellas, toda dolencia humana, lejos de proceder de causas naturales que por medios idénticos pudiese ser combatida, no es sino cosa de brujería, que solo podrá deshacerse por personas que de una manera o de otra tengan comunicación o pacto con el diablo o genio del mal. El hechicero reunía al mismo tiempo la cualidad de adivino y el oficio de sacerdote. Los piaches, de mucha fama en las regiones que baña el Orinoco, eran a la vez sacerdotes, adivinos y hechiceros. Para infundirse el espíritu de entusiasmo o de inspiración que necesitaban en las ocasiones más arduas, internábanse en los arcabucos o montes de mayor espesura, y con clamorosos alaridos y gesticulaciones estrambóticas y espantables, invocaban al demonio, que acudía a sus ruegos, asistiéndoles en el trance que motivaba el llamamiento. Contando ya con el auxilio del demonio, metíanse en oscuros bohíos o chozas diputadas para oratorios. Allí, a fuer de oráculos, absolvían las consultas que se les dirigían, y sus consejos o decisiones eran aceptadas como un fallo inapelable.

En la propia forma, ni más ni menos, procedían los magos o adivinos y hechiceros de todas las generaciones que ocupaban el Nuevo Mundo. Los del Río de la Plata, metidos en lo más recóndito de un monte, donde se hallaba la chozuela que les servía de templo o locutorio, enardeciendo su espíritu con abundantes libaciones de chicha, vociferando o brincando y haciendo visajes y contorsiones como un hombre que está fuera de sí, entre los bramidos del tigre y otros gritos aterradores de diversos animales, dirigían sus reverenciadas alocuciones al pueblo, que los escuchaba estupefacto. Eran árbitros del bien y del mal, de la vida y de la muerte, de la fuerza de los elementos; hacían bramar y enfurecerse las fieras, desencadenarse las tempestades, alterarse los mares, crecer o secarse los ríos y lagunas, inundar las tierras. Referían puntualmente lo que estaba pasando en lugares remotos y encantaban a una persona de modo que no le era posible moverse, comer, dormir, hablar ni estar tranquila sin que ellos se lo mandasen. Observaban, para merecer el don de la magia, rigidísimos ayunos y mortificábanse con acerbas penitencias corporales, absteniéndose entretanto de todo género de baños o lavatorios. Vivían desnudos y solitarios en lugares lóbregos, fríos, apartados. No probaban otro alimento que el maíz tostado y el ardiente ají o pimienta. Andaban desgreñados, largas las uñas, macerado el cuerpo, causando horror a las gentes, hasta que, desfallecido y enajenados, recibían de la divinidad, que invocaban con sumo recogimiento y fervor, la privilegiada facultad de hacer cosas estupendas o milagros. Como se ve, las prácticas de estos magos no se diferenciaban de las que observaron los discípulos de Zoroastro, de las que siguen los fakires o santones en el continente asiático, de las que prohijara la Grecia y Egipto, de las que extendiera en la península la dominación arábiga. [...]

[...]Los magos que la conquista halló en América tenían no pocos rasgos de semejanza con los que acompañaron a los nuevos pobladores. Los magos advenedizos, como que se encontraron con hermanos de oficio, tomaron de ellos cuanto les pareció convenir a sus designios. Por eso se advierte en los ensalmos y hechizos y en las ceremonias de los magos criollos mucho de indígena mezclado con lo tradición oriental y europea.

Los aborígenes del Misisipi usaban los propios medios de curar que los del Orinoco, del Amazonas y del Plata. Todos curaban, más o menos, de la misma manera: imponiendo y pasando las manos a guisa de magnetizadores, soplando, sajando y chupando, operaciones que ejecutaban los curanderos mágicos o sacerdotes. [...]

[...]Las causas del dolor o de la muerte eran análogas en todas partes. Ni el dolor ni la muerte procedían de causas naturales. El genio del mal introducía en el cuerpo del individuo a quien quería hacer sufrir o matar, instrumentos punzantes, cortantes o roedores, o seres vivientes, que producían el dolor y la muerte. A veces las causas del dolor son invisibles, pero tienen siempre el mismo origen. Un mago o hechicero, que tenía comunicación con el genio del mal, a quien invocaba en ocasiones graves para ejercer su ministerio, extraía con la boca o echaba afuera con las manos las causas materiales o invisible de los padecimientos humanos. [...]

[...]El modo más constante, casi el modo ordinario que tenían los indígenas de curar las enfermedades en todo el continente americano, ha sido la succión mañosamente ejercida por hechiceros (sus médicos) a fin de extraer por su medio las causas materiales del dolor: un insecto, un gusano, una astillita, una espina. [...] En el lugar donde se hallaba, o donde creían que se hallaba la dolencia, chupaban. Para facilitar la extracción o salida de las causas del mal, solían también, antes de proceder a la succión, sajar la piel en el punto en que debían efectuarla. Los chupadores o sajadores aparecen en las tolderías del guaraní, del chaqueño, del pampa, del patagonés, del fueguino, del araucano. [...]

[...]Lo ordinario será que el diablo dañe al hombre, introduciendo en su cuerpo instrumentos punzantes, cortantes y desgarradores, o seres animados, que destruyan su organismo; un dardo o una flecha diminuta, un hueso, una espina, una pedrezuela, una astilla, un gusano, un insecto voraz y repugnante. Algunos diablillos, como el ayacuá, que era un gorgojo del campo, estaban armados de arco y flechas con los que asestaban certeros y fáciles tiros a las personas que elegían por víctimas. Cuando esto no bastaba, enfurecidos, se abalanzaban al paciente, mordiéndolo y arañándolo con tal saña, que dejaban clavadas las uñas y dientes. De los pampas, hechiceros que tenían pacto con sus respectivos añanga y gualicho, aparentasen sacar de la boca, después de la succión, los gusanos, insectos, astillitas, flechillas, uñitas, espinas, huesecillos o dientecitos que el enfermo tenía en el cuerpo.

Un historiador moderno, tomando como resultado la observación de las causas y de los defectos en el orden natural las prácticas engañosas de los hechiceros, ha llegado a suponer cierto género de conocimientos terapéuticos en los aborígenes de Uruguay. Pondera las dotes culminantes de la raza que poblaba las comarcas uruguayas, de la que hace un retrato moral muy hermoso. Con tal motivo asevera que los indios a que se alude conocían el uso de la ventosa: chupaban con fuerza la parte dolorida del cuerpo, hasta conseguir la inflamación cutánea. De donde resulta que la chupadura tenía por fin hacer afluir los humores de la superficie al cuerpo, o bien efectuar una revulsión, como sucede con las ventosas que aplica la medicina. Tal idea supondría, con efecto, en los charrúas bastante buen criterio y algún estudio de la naturaleza. Pero lo que hacían los charrúas, como todas las demás parcialidades del Río de la Plata era aparentar que extraían del cuerpo del paciente el maleficio que había introducido añanga o gualicho; para lo cual los médicos o hechiceros (machíes, payés), que en realidad de verdad eran unos grandes bellacos, llevaban disimuladamente en la boca, debajo de la lengua, como queda indicado, los gusanos, espinas y farsas al enfermo y circunstantes. Chupaban con fuerza precisamente para hacer creer que trabajaban con afán por extraer el objeto o ser maléfico introducido por el diablo en el cuerpo del paciente, donde se había prendido, digámoslo así, con uñas y dientes. Uno de estos médicos dejó tuerta a la mujer del cacique Lincón, de tanto chuparle un ojo que tenía inflamado. [...]

[...]Supone asimismo el historiador impugnado que las mujeres de los indios iban a parir al río, inducidas de una idea que tuvieran formada acerca de los beneficios del agua, que aplicaban, junto con las fricciones, como método terapéutico, a todas las enfermedades en ambos sexos. [...]

[...]El modo de parir de las charrúas hanlo tenido, no solamente todos los salvajes del Río de la Plata, sino los de Brasil y probablemente los de otras regiones de América. Pónense en cuclillas las parturientas en la orilla de un río o de una laguna; paren; se lavan ellas y lavan la criatura. Luego se vuelven a sus casas tan serenas como si nada les hubiera pasado. [...]

[...]Los pampas y pegüenches tenían, aparte de los procedimientos mágicos, sus yerbas que la Pampa y sierras de los Andes les ofrecían, y hasta sus compuestos medicinales. Usaban, con efecto, una bebida, que, por lo calmante, haría sin duda las veces de un té de malvas. Componíase de pólvora, jabón y piedra lipis o vitriolo (sulfato de cobre) disueltos en agua. ¿Qué gualicho resistiría la acción urente de este fármaco? Si por fortuna se hallaba aquel al alcance de la mano, como en una llaga, de seguro no se les escapaba; metían en la llaga un puñado de pólvora; o curarse o reventar. Ya se deja ver que tales procedimientos son modificaciones que los indios introdujeron en el arte de curar después de la conquista. Tampoco desconocieron la cirugía, y, por ende, la anatomía y la fisiología. Así, por ejemplo, si la enfermedad era interior, abrían el vacío del paciente, cortaban un pedazo de entraña y se lo hacían tragar. Pero lo que da más envidia es ver un enfermo, debajo de un toldo de mantas o ponchos, ya moribundo, rodeado de mujeres y hombres que por medios ejecutivos y con infernal ruido de cascabeles y voces estentóreas intentan ahuyentar a las deidades adversas (gualichos de otras generaciones o de hechiceros enemigos) que introdujeron el mal, entretanto que él o la médica se esfuerza por extraerlo, chupando la parte dolorida. El paciente contempla resignado esta barahunda y aguanta el baqueteo, hasta que vivo o muerto, sale de su cobertizo. Si no lo aguanta, y en su desesperación, huyendo, aplastado por la fiebre, cae al suelo, allí le ultiman a lanzadas. A patadas y puñetazos, que por de contado recibe el paciente, echan de su cuerpo al maligno espíritu los indios de Tierra del Fuego.

Los araucanos tenían, de la propia manera que los pampas, sus machíes o maches, encantadores y hechiceros que ejercían el arte de curar por medios supersticiosos, como que atribuían a Huecuvú o Pillán la causa de sus dolencias. Entre ellos había una clase a que daban el nombre de hueyes (nefandos), que llevaban por vestido una camiseta y un delantal llamado puno, al modo de las mujeres. Usaban el cabello largo y suelto, y las uñas crecidas. Las ceremonias en el acto de curar eran semejantes más o menos a las de todos los pueblos salvajes del Nuevo Mundo. No había de faltar, siendo posible, una rama de su reverenciado canelo, valiéndose asimismo de la succión para extraer de la parte enferma el objeto destructor de la existencia que en él había introducido el Pillán. [...]

8.22.2008

Santa María de Buenos Aires (1)

A pique sobre las barrancas del Río de la Plata y en torno de una fortaleza de barro, se agrupó el primer núcleo de población que constituiría el origen de la Villa de la Santísima Trinidad. Puerto de Santa María de Buenos Aires.

Según el historiador Pérez Revello, hay dos fuentes sobre el origen del nombre de la fundación; una legendaria: se apoya en una virgen de origen italiano, Nuestra Señora de Bonaria (Nuestra Señora del Buen Aire), entronizada en un convento mercedario de Cagliari (Cerdeña) que los marineros veneraban por sus milagros en el mar. La segunda, apoyada en datos históricos, se relaciona con el arribo del fundador Pedro de Mendoza, en cuya expedición figuran dos religiosos mercedarios, que obviamente, conocían los milagros de esta virgen, pues era muy popular en toda la marinería. Como Pedro de Mendoza estaba muy enfermo cuando arribó a nuestras tierras, estos monjes lo convencieron para que le pusiera a la fundación el nombre de la virgen, y que con sus milagros lo ayudara a concretar la empresa con éxito.

Años más tarde, sin que la primera fundación prosperara, Juan de Garay insistió en repoblar el mismo suelo. Así fue como erigió el Acta de la Segunda Fundación de Buenos Aires.

El fundador eligió para esto, el sector de la meseta que hoy se extiende desde Parque Lezama y Plaza San Martín, pasando hacia San Telmo por el Alto de San Pedro. Este lugar estaba surcado por zanjones y arroyos muy pequeños llamados tercetos.

Los tercetos hacían un largo recorrido antes de desembocar en el Río de la Plata: el Terceto del Sud iba desde lo que hoy es Plaza Constitución, y tomaba por el Zanjón de los Granados a la altura de la calles Chile, Independencia y México. El Terceto del Medio, llamado también Terceto del Norte, torcía desde Plaza Congreso hacia Viamonte y Córdoba, y desembocaba por el Zanjón Matorras a la altura de las calle Tres Sargentos. También corría por la zona el Arroyo Manso, este nacía de lagunas y de bañados a la altura de Venezuela, Córdoba, Pasteur, Corrientes y Paso, enfilaba por la calle Austria, después de pasar por la Recoleta y de cruzar la avenida Alvear.

Juan de Garay al repartir las tierras dio a la planificación inicial la característica simétrica que conserva la ciudad, que al desarrollarse con lentitud durante los primeros siglos fue adicionando cuadrículas a los lotes y cuartos de manzanas.

La más antigua relación que existe de la aldea de Garay es la de Enrique Otsen, que llegó al Río de la Plata en 1599. La describe como un llano abierto, pobre, sin árboles y con algunas casas dispersas.

También se posee la visión del cartógrafo holandés Juan Vingboons, después de que la aldea cumpliera su primer medio siglo. Este indica que solo se veía una franja del río surcada por una goleta y algunos barquitos, y en las barracas, la silueta del Fuerte, la torre de una Iglesia y unas pocas casitas.

Según un plano de 1708, los edificios con que contaba la ciudad eran: el Fuerte San Juan Baltasar de Austria, de puente levadizo, la pequeña Iglesia Matriz, el Cabildo, que era una modesta casita y el Colegio de la Compañía de Jesús. Todo esto estaba emplazado entorno de la Plaza Mayor, y no lejos de este sitio, se ubicaban los conventos de la Merced, Santo Domingo y San Francisco. La Iglesia Mayor, en esa época —según un informe del religioso Manuel Herre—, era el único edificio de de cal y ladrillos.

A través de la cronología planimétrica de los planos más antiguos de Buenos Aires de A. Taullard, que arrancan desde el de la fundación, se puede seguir paso a paso el lentísimo desarrollo de la ciudad hasta el último tercio del siglo VIII, cuando comienza a dejar de ser modesta, para convertirse en una de las ciudades más bellas e importantes del mundo.

8.13.2008

Los cafés de Buenos Aires. Época colonial (2)


Los cafés en Buenos Aires tuvieron vigencia desde la época colonial. El primer local fue el "Almacén del Rey", que ya figura en documentos oficiales durante el año 1764. José Torre Ravello manifiesta que estaba ubicado en la Recova Vieja. Con el correr de los años, se instaló allí un famoso comercio: "Empanadas Rey", que más tarde se transformó en el café "La Sonámbula".

La primera mención a los cafés que los documentos coloniales registran datan del año 1779, oportunidad en que el virrey Vértiz y Salcedo promulga un auto por el que ordena a las autoridades que dentro del término de 24 horas debían notificar, a la Secretaría de la Cámara de Gobierno, la presencia de toda persona —decía— mal entendida o vagabunda cuya detención se hubiera efectuado en pulpería, casa de truco, cafetería u otro lugar, donde se hallaran jugando a naipes u otra clase de juegos prohibidos. Aquí entonces encontramos, una nueva denominación de esta actividad comercial: casa de truco; pero lo que interesa es la denominación oficial de cafetería. También, antiguos registros que brinda el diario de don José Francisco de Aguirre, ya menciona la existencia de los cafés, confiterías y posadas públicas en el año 1783.

En el siglo XIX, hacia el año 1806, un documento aportado por don José Torre Ravello demuestra cómo estaban jerarquizados los comercios del ramo durante la administración colonial. Los cafés se diferenciaban por el número de villares que poseían. Así están documentados:

Cafés con dos villares

Pedro José Marco
Ramón Aignase
José Mestres

Cafés con tres villares

Domingo Alcayata
Francisco Cabrera
Juan Antonio Pereyra
Martín Castañeda
Antonio Basconcelos
Francisco Turpía (café ubicado frente al colegio San Carlos)
Carlos Sosa
Juan Luis Rizola
José Miguelen
Domingo Mendiburu

Si bien los cafés estaban diferenciados por poseer dos o tres mesas de villar, el asunto que más atraía a los concurrentes era la vida social y las disputas o controversias de tipo político que allí se daban, motivo muy convincente como para que estuvieran clasificados y etiquetados, además, de que el café significó un golpe fuerte para las tranquilas costumbres de la sociedad colonial.

En Lima (Perú), se produjo una reacción similar. El primer café limeño fue autorizado por el virrey Manuel Amat y Juniet en 1771. Estaba ubicado en la Calle del Correo y pertenecía al señor Francisco Serio.

También se sintió el impacto de los cafés en Montevideo (Uruguay), aunque de manera más leve. El primer café en nuestro hermano país se montó en 1792 y su dueño era el francés José Beltrán.

En casi todos los centros poblados de América española, los cafés produjeron un sentimiento dual, asombro y alegría. Las preocupaciones y los trastornos sociales llegaron más tarde. Pero pese a ello se mantuvieron, porque aportaban importantes ingresos que ayudaban al gobierno virreinal.

7.28.2008

Los cafés de Buenos Aires 1


Estos lugares tan sensibles al cariño porteño nacieron de dos corrientes: la primera, generada en el proceso de transculturación europea; se inicia con aquellos viejos y primitivos cafés frecuentados por españoles y criollos, allá por el año 1764; la segunda, de realización más compleja, será el producto del vaivén social en el que juegan valores regionales con instancias más ligadas a la tierra. Se supone que no existe inconveniente en comprender que surgieron como resultado del proceso de la colonización española que trajo sus típicas costumbres de la península.

Primero aparecerá la taberna o la fonda y por último el café, donde el diálogo con pares ayuda a sobrellevar la soledad en América y la añoranza por Europa.

Para Federico Oberti, los cafés no fueron simples pulperías de concurrencia elegante, ni debe asimilarse la función del café con la de la pulpería. Dice: “Cuando se fue acentuando el progreso de la aldea, las pulperías huyeron hacia los barrios, convertidas ahora en esquinas, en boliches o en almacencitos de mala muerte (revista La Chacra).

Es decir, la pulpería deviene en el conocido almacén, que realizaba una actividad comercial más compleja, de allí se pasará a la denominación Almacén y Bar, para finalmente constituirse en el
café del barrio.

Una curiosidad:

Los españoles trajeron junto con el café, las chocolaterías y el juego de villar (en aquella época, billar se escribía con v).

7.12.2008

Calles con nombres de mujeres



Durante años, muchos años, tuve a cargo grupos de alumnos en escuelas, a quienes les daba clases de Lengua y de Ciencias Sociales. Esta última área, en muchos casos, puede resultar tediosa para niños que tienen entre 12 ó 13 años. Recordar acontecimientos, fechas y nombres de nuestra historia sin una real motivación, la mayoría de las veces resulta un trabajo casi nulo. Después de haber probado con varios métodos, para que no solo a los niños les quedara fijado el contenido sino también gustasen de conocer más, cada vez que hablábamos de algún personaje o acontecimiento histórico, en seguida lo referenciaba con la calle de la Ciudad de Buenos Aires que llevaba su nombre. Era muy común en ese instante que los niños asociaran el lugar, ya que seguramente, si tal vez no conocían propiamente la calle, sí los barrios donde estas estaban y que ellos en algún momento habían transitado. De esta forma, al asociar un lugar familiar con Historia, el camino se allanaba de manera sorprendente.


De hecho, el nombre de las calles de las ciudades no han sido puestos sin alguna razón, la gran mayoría de estos corresponde al de algún personaje famoso, algún acontecimiento histórico o recuerdan lugares geográficos de importancia para nuestra comunidad. Pero… este artículo sobre las calles que llevan nombre de mujeres me sorprendió.


Creo que puede dejarnos pensando.


Las mujeres de las calles

Solo 30 de las 2200 arterias porteñas llevan nombre de mujer. Las más difíciles.


“El porteño no es caminador y no le interesa nuestra ciudad, tampoco se entera del significado del nombre de la calle en que vive y no le importa que la cambien o no”. Así reflexionaba el doctor Florencio Escardó en su libro Geografía de Buenos Aires, en 1964. ¿Sería realmente así, por entonces? Y, en tal caso, ¿seguirá siendo así? Cualquiera sea la respuesta, lo cierto es que los nombres de los espacios públicos son parte del acervo cultural y del lenguaje de una ciudad.


Las calles con nombres de mujeres son una treintena entre dos millares. Aquí mencionaremos veinte de ellas, cuyos nombres tal vez intriguen a residentes y vistantes de nuestra Capital Federal.


Butteler. Es una callecita en forma de X que recuerda a una mujer. Se trata de Azucena Butteler, que en 1919 hizo edificar, en un terreno de su propiedad, un conjunto de viviendas populares (Avenida La Plata y Cobo).


Concepción Arenal. Socióloga y ensayista gallega (1820 – 1893). Visitadora general de prisiones de mujeres, su obra tiene como fundamento la reforma social.

Juana Azurduy. Heroína boliviana (1718 – 1862). Esposa de Manuel Asencio Padilla, a quien acompañó en la lucha por la independencia del Alto Perú. A la muerte de aquel, y siendo madre de varios niños, continuó la lucha sola y fue nombrada teniente coronel por su valentía. Manuel Belgrano le legó su sable.

María Cabrera. Mujer de la alta sociedad porteña que integró, con Mercedes de La Sala y Riglos y Mariquita Sánchez de Thompson, la Sociedad de Beneficencia fundada por Rivadavia en 1823.

Rosalía de Castro. Poeta y escritora gallega (1837 – 1885). En su obra se entrecruzan el romanticismo, la denuncia social y la nostalgia por su tierra natal.

Infanta Isabel de Borbón. Representante de España en las celebraciones del Centenario de la Revolución de Mayo, en 1910.

Elena Larroque de Roffo. Benefactora, colaboradora y esposa del médico Ángel Roffo (1883 – 1924). Creó la Escuela de nurses, primera del mundo en oncología; fundó la Liga Argentina de la Lucha contra el Cáncer (LALCEC).

Gregoria Matorras. Madre del general José de San Martín.

Patricias Argentinas. Por las mujeres que en marzo de 1612 donaron al ejército patriota los fusiles comprados en Norteamérica por Martín Thompson. Proclamaron: “Se dirá un día que yo armé el brazo de este valiente que aseguró su patria y nuestra libertad”. Sus nombres: Tomasa de Quintana, Remedios de Escalada, Carmen Quintanilla, Mariquita Sánchez, Isabel de Agüero, Patricia Cárdenas, Rufina de Horma, María de Andonaegui, Ramona Esquidel, Ángela Castelli y Magadalena de Castro.

Manuela Pedraza (La Tucumana). Esposa de un cabo que durante las invasiones inglesas abatió a un soldado enemigo. Liniers la nombró alférez.

Pola (Policarpo Salvatierra). Heroína colombiana nacida en 1792 y fusilada en 1817 por no delatar a los patriotas; su novio era oficial del ejército independetista.

María Remedios del Valle. Mulata que actuó en el Alto Perú junto con su esposo y sus dos hijos, que murieron en la lucha. Herida en seis ocasiones, obtuvo el grado de sargento mayor.

Juana María Gorriti. Maestra y escritora salteña (1819 – 1892). Formó parte de una familia comprometida en la batalla por la Independencia y, luego, en las guerras civiles; reivindicó los derechos de la mujer.

Rosario Vera Peñaloza. Educadora y escritora (1873 – 1950). Realizó una valiosa labor de difusión del magisterio y en la formación de docentes.

Alicia Moreau de Justo. Médica y política, dirigente del Partido Socialista (1885 – 1985). Esposa de Juan B. Justo, fundador del PS y primer traductor de El Capital al castellano. Impulsora de la democracia y de los derechos políticos y sociales de la mujer.

Azucena Villaflor. Fundadora y primera presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo en la demanda por la aparición con vida de su hijo y demás víctimas del terrorismo de Estado; desaparecido desde 1977.

Regina Paccini de Alvear. Cantante lírica italiana, esposa del presidente Marcelo T. de Alvear. Promotora del teatro y el arte lírico. Fundó la Casa del Teatro.

Macacha Güemes. Hermana del general Martín de Güemes (1767 – 1866). Puso su habilidad política al servicio de la lucha de aquel en los momentos más difíciles. Luego de la muerte de su hermano, en 1821, siguió participando en los sucesos de las provincias.

Juana Manso. Maestra, pedagoga y escritora argentina (1819 – 1875). Al regresar del exilio, en 1853, y a instancias de Sarmiento, fue delegada directora de la primera escuela mixta del país. Allí experimentó nuevos métodos educacionales e incorporó el aprendizaje de idiomas extranjeros, lo que levantó gran resistencia y produjo su renuncia en 1865.

Por Humberto J. Gallo.

7.03.2008

Supersticiones del Río de la Plata 2


Supersticiones del Río de la Plata - (Entrega 2)
Fragmentos del libro de Daniel Granada: Supersticiones del Río de la Plata.
Capítulo Cuarto

El hombre, en los albores de la vida, supone inmediatamente enlazados a inteligencia y poderes superiores e invisibles los hechos y fenómenos que en el orden físico se cumplen, a virtud de las fuerzas de la naturaleza que los forman, respondiendo a leyes que, establecidas por la mente suprema, rigen el movimiento y equilibrio del universo. Todos creen (los indios) que las fuerzas y el bien son el cielo, decía Cristóbal Colón, desde las Antillas, en carta a Luis Santángel. El soberbio guaicurú, avasallador de las naciones circunvecinas, en el Chaco, salía denodadamente al encuentro de las tormentas, regidas por los demonios, a quienes creía vencer y abatir, obligándolos a sepultarse de nuevo en la negra mansión de los abismos que los vomitara. Diversas generaciones guaraníes alejaban las pestes y otras calamidades con algazara y con el canto, acompañado este del ruidoso sonido del baracá (mbaracá, calabaza con chinas dentro). Las tribus de la región patagónica procedían de la misma manera. Los pampas, cuando advertían los síntomas de alguna enfermedad o les amenazaba algún peligro, se armaban de todas sus armas (lanzas, bolas, cuchillos, garrotes, lo que había en las manos), montaban a caballo, y, prorrumpiendo en gritos desaforados, arremetían contra el invisible enemigo y no dejaban de asestar golpes al aire hasta que se persuadían haberle echado de sus toldos.

[…]

Hay notoria identidad entre las fuerzas de la naturaleza y las inteligencias que imaginó el hombre primitivo. Estas inteligencias o agentes invisibles, por lo general son antropomorfos. Mas a veces tienen la forma de cualquiera otro ser animado de la naturaleza. Así, por ejemplo, añanga, que era el diablo de los guaraníes, tenía para algunas generaciones la forma de un insecto (ayacuá o añacuá, diablo ternezuelo), que hacía tanto daño en las mieses, y, lo que es más grave, en el cuerpo del hombre, como los terribles microbios que diezman las poblaciones, especialmente si han salido de las bocas del Ganges, del Nilo o del Misisipí.

El P. José Guevara, tratando de los lules, que eran indios salvajes moradores del Chaco, dice del ayacuá que era un gorgojo del campo, que, aparte de otras diabluras, se entretenía en mortificar al hombre, introduciendo en su cuerpo diversos elementos de destrucción que le causaban el dolor y la muerte. Iba este diablillo armado, a lo indio, de arco y flechas.

Mas el ayacuá de los lules no es, en substancia, otra cosa que el añacuá de las demás generaciones guaraníes (a cuya raza seguramente pertenecieron aquellos). Su figura de gorgojo del campo, ¿qué es sino una de la infinitas transformaciones que ha sabido tomar y toma el diablo de los indígenas todos del Nuevo Mundo, por su índole y condiciones idéntico al espíritu maligno de los cristianos, que todas las regiones del globo tiene invalidadas y contaminadas? Ayacuá, añacuá y añangá son formas varias de un mismo vocablo. Añanga decimos, castellanizada la voz. La lengua castellana, del propio modo que la portuguesa, a la postre convierte en llamas las voces agudas que asimila. Por eso también los brasileños dicen comúnmente añanga, sin perjuicio de pronunciar, cuando les place, añangá. Vivas aún, bien que moribundas, subsisten en parte de la Argentina (Corrientes, Misiones), en el Paraguay y en el Brasil las lenguas guaraní y tupí, una y otra originarias del mismo tronco y solo diferenciadas entre sí por accidentes análogos a los que distinguen la portuguesa de la castellana. Las dificultades que ofrece el penetrar bien el sentido de las palabras en boca de gente bárbara, ha impedido a los misioneros (que eran los que regularmente averiguaban estas cosas) juntar datos precisos que sirviesen para determinar la naturaleza y cualidades o atributos de las divinidades indígenas. Añanga, gualicho, zopay significan respectivamente el maligno espíritu de los, araucanos (incluso los pampas) y peruanos. Añacuá o ayacuá es un diablillo, un diablo diminuto e imperceptible entre los guaraníes, que para algunas generaciones ha tomado la forma de un gorgojo del campo. Añangapitanga es otra manera del diablo, el diablo colorado (pitang) o ardiente, por la similitud del rojo y de la llama.

La idea de un viviente diminuto e imperceptible (de un microbio) productor de enfermedades en el hombre y en los animales, sin duda ha sido general entre los bárbaros del continente americano. Tal era, a lo menos, la imaginación reinante entre los indios de las regiones comprendidas entre el Plata y el Orinoco, entre los del Chaco, de la Pampa, de la Patagonia, de Arauco, de la Tierra del Fuego. El gualicho de los pampas se halla en las aguas pútridas de los pantanos u otros receptáculos, como las desembocaduras de los grandes ríos que forman deltas, en las frutas nocivas, en las yerbas venenosas, en las emanaciones deletéreas de toda índole, en los cerrados bosques sin ventilación, en el aire que respiramos viciado por cualquier causa accidental, en el cráter de los volcanes, en donde se aglomera mucha gente, en torno de ranchos y de taperas, en los árboles secos y vetustos que ha aislado la suerte, cual si de ellos huyese la vida. Introducido en el vientre, le hace doler; introducido en las piernas, las paraliza; introducido en los ojos, los ciega; en los oídos, los ensordece; en la lengua, priva del habla. Los pampas y los charrúas, embadurnados con grasa de yegua o de ñandú y amontonados bajo un toldo, hombres, mujeres, chicos y grandes, perros y gatos, comían y dormían entre un infinito mundo de microbios; ni sus narices advertían lo más mínimo que pudiese desagradar, ni habría modo de hacerles entender (si uno se lo propusiese) el significado de la palabra ‘nauseabundo’. La catinga (hediondez, peste), para ellos, era algo parecido a la fragancia del azahar o del nardo. Las madres acomodaban a los recién nacidos en una armazón de tablitas de caña tacuara, marradas con tientos a dos listones paralelos. Por uno de los extremos los listones formaban ángulo, terminando en punta, a fin de que, clavada en tierra la armazón, quedasen libre y pendientes los muslos y piernas de la criatura, afianzada solamente desde la cintura hasta los hombros y espaldas. De ese modo las madres podían ocuparse en sus faenas. (…) Cuando los indios se ponían en marcha, las madres echaban a la espalda la susodicha armazón, y la presión continua que hacía en el fondo de ella la parte posterior del cráneo, daba por resultado que a la larga se les aplastase. De ahí que el indio pampa tenga achatada la parte posterior de la cabeza. Pues bien; tan luego como la criatura podía andar y sostenerse, prendían fuego a la armazón que le sirviera de cuna. El objeto de la quemazón no era otro que destruir o matar el gualicho, como si dijéramos los millones de millones de microbios. (…) Si no destruían el gualicho del que el mueble quedaba infestado, creían firmemente que hijo y madre habían de ser víctimas de enfermedades y desgracias inevitables. Les acarreaba el desprecio y aborrecimiento de los demás, quedando condenados a vivir eternamente perseguidos y maltratados, como si estuviesen contaminados por el demonio.

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Una de las enfermedades que más estragos ha hecho entre los indios ha sido la viruela; pavorosa deidad de la muerte, que dejaba sin hijos a las madres, cuando no arrastraba a todos a su lúgubre mansión, dejando desiertas las tolderías. Si (lo que era muy frecuente) había en los toldos alguna cautiva, al momento le achacaban la desgracia. —¡Cristiana echando gualichu!— gritaban con furia infernal; y la infeliz moría martirizada. Huecuvú o Huecufú era Luzbel o Satanás que, suscitado por el cristiano, enviaba al indio los agentes del mal.

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Estos seres malditos cumplían, en virtud de su propia maldad, una función terrible que, sin quererlo, obstaba al quebrantamiento de las leyes del orden moral. (…) Quien faltaba al deber sagrado de la limosna estaba expuesto a las venganzas de Huecuvú, que en este caso hacen estremecer. “Jamás Calvaíñ, porque Huecuvú tiene emisarios que disfrazados de pobres piden limosnas, y si se les desprecia o niega algo se vengan en las criaturas dándoles oñapué (veneno), para hacer derramar lágrimas a sus padres”.

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El lenguaje rioplatense ha castellanizado diversos vocablos quichuas, araucano-pampas, guaraníes y africanos. Su uso importa a la mayor precisión de las ideas. Esta y aquella voz que en castellano corresponden a diablo, por ejemplo, expresan ideas análogas, pero no idénticas. Por tanto, cuando se hable del diablo de los pampas, cumple decir gualicho, y cuando se hable del diablo de los guaraníes, añanga, etc.

La abundancia de voces para expresar una misma idea, sin que alguna diferencia, aunque no sea sino modal, la diversifique, no arguye propiamente riqueza ni menos perfección de lenguaje. La riqueza y perfección consisten realmente en que a ninguna cosa del mundo físico o del moral les falte expresión breve, clara y eufónica, por cuyo medio propone comunicar. La concurrencia de términos homólogos en una lengua puede tener causas diversas. Unas son meramente accidentales; y entre estas se cuenta la asimilación innecesaria de voces exóticas, como sucede cuando, teniendo en la propia lengua nombre adecuado una cosa, se hace uso del que lleva en un idioma extraño. Esto, que en general procede de la ignorancia, es un mal. Pero a veces la concurrencia de términos homólogos dimana de los orígenes diversos que tiene la cosa que representan. La idea de brujería, de hechizo, del diablo, hallárase expresada, según los casos, ora con las palabras propias de nuestra lengua: diablo, hechizo, brujería; ora con la voz pampa castellanizada gualicho; ora con las guaraníes añanga y payé; ora con la quichua huacanque o guacanque; ora con la africana mandinga. Los nombres castellanos se usan necesariamente en el lenguaje culto. En estilo familiar, y sobre todo entre la gente del campo, suele decirse gualicho, añanga, payé, guacanque, mandinga.

Gualicho, payé y mandinga expresan los tres conceptos de diablo, brujería, hechizo. Payé significa, además, hechicero. Añanga equivale a genio del mal, aunque algunas de sus acciones no tengan precisamente por objeto dañar al hombre y a los animales, o alterar el orden de la naturaleza. Mandinga es, más propiamente que diablo, duende. Su residencia ordinaria es el hogar. Huacanque o guacanque representa en general la idea de brujería; mas, en particular, equivale propiamente a talismán o encanto. El que es afortunado en el amor, en el juego, en los combates, con seguridad tiene guacanque. Guacanque o huacanque son, por ejemplo, las plumas del caburé que lleva consigo aquel a quien no hay mujer que le desaire.

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