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7.28.2008

Los cafés de Buenos Aires 1


Estos lugares tan sensibles al cariño porteño nacieron de dos corrientes: la primera, generada en el proceso de transculturación europea; se inicia con aquellos viejos y primitivos cafés frecuentados por españoles y criollos, allá por el año 1764; la segunda, de realización más compleja, será el producto del vaivén social en el que juegan valores regionales con instancias más ligadas a la tierra. Se supone que no existe inconveniente en comprender que surgieron como resultado del proceso de la colonización española que trajo sus típicas costumbres de la península.

Primero aparecerá la taberna o la fonda y por último el café, donde el diálogo con pares ayuda a sobrellevar la soledad en América y la añoranza por Europa.

Para Federico Oberti, los cafés no fueron simples pulperías de concurrencia elegante, ni debe asimilarse la función del café con la de la pulpería. Dice: “Cuando se fue acentuando el progreso de la aldea, las pulperías huyeron hacia los barrios, convertidas ahora en esquinas, en boliches o en almacencitos de mala muerte (revista La Chacra).

Es decir, la pulpería deviene en el conocido almacén, que realizaba una actividad comercial más compleja, de allí se pasará a la denominación Almacén y Bar, para finalmente constituirse en el
café del barrio.

Una curiosidad:

Los españoles trajeron junto con el café, las chocolaterías y el juego de villar (en aquella época, billar se escribía con v).

7.12.2008

Calles con nombres de mujeres



Durante años, muchos años, tuve a cargo grupos de alumnos en escuelas, a quienes les daba clases de Lengua y de Ciencias Sociales. Esta última área, en muchos casos, puede resultar tediosa para niños que tienen entre 12 ó 13 años. Recordar acontecimientos, fechas y nombres de nuestra historia sin una real motivación, la mayoría de las veces resulta un trabajo casi nulo. Después de haber probado con varios métodos, para que no solo a los niños les quedara fijado el contenido sino también gustasen de conocer más, cada vez que hablábamos de algún personaje o acontecimiento histórico, en seguida lo referenciaba con la calle de la Ciudad de Buenos Aires que llevaba su nombre. Era muy común en ese instante que los niños asociaran el lugar, ya que seguramente, si tal vez no conocían propiamente la calle, sí los barrios donde estas estaban y que ellos en algún momento habían transitado. De esta forma, al asociar un lugar familiar con Historia, el camino se allanaba de manera sorprendente.


De hecho, el nombre de las calles de las ciudades no han sido puestos sin alguna razón, la gran mayoría de estos corresponde al de algún personaje famoso, algún acontecimiento histórico o recuerdan lugares geográficos de importancia para nuestra comunidad. Pero… este artículo sobre las calles que llevan nombre de mujeres me sorprendió.


Creo que puede dejarnos pensando.


Las mujeres de las calles

Solo 30 de las 2200 arterias porteñas llevan nombre de mujer. Las más difíciles.


“El porteño no es caminador y no le interesa nuestra ciudad, tampoco se entera del significado del nombre de la calle en que vive y no le importa que la cambien o no”. Así reflexionaba el doctor Florencio Escardó en su libro Geografía de Buenos Aires, en 1964. ¿Sería realmente así, por entonces? Y, en tal caso, ¿seguirá siendo así? Cualquiera sea la respuesta, lo cierto es que los nombres de los espacios públicos son parte del acervo cultural y del lenguaje de una ciudad.


Las calles con nombres de mujeres son una treintena entre dos millares. Aquí mencionaremos veinte de ellas, cuyos nombres tal vez intriguen a residentes y vistantes de nuestra Capital Federal.


Butteler. Es una callecita en forma de X que recuerda a una mujer. Se trata de Azucena Butteler, que en 1919 hizo edificar, en un terreno de su propiedad, un conjunto de viviendas populares (Avenida La Plata y Cobo).


Concepción Arenal. Socióloga y ensayista gallega (1820 – 1893). Visitadora general de prisiones de mujeres, su obra tiene como fundamento la reforma social.

Juana Azurduy. Heroína boliviana (1718 – 1862). Esposa de Manuel Asencio Padilla, a quien acompañó en la lucha por la independencia del Alto Perú. A la muerte de aquel, y siendo madre de varios niños, continuó la lucha sola y fue nombrada teniente coronel por su valentía. Manuel Belgrano le legó su sable.

María Cabrera. Mujer de la alta sociedad porteña que integró, con Mercedes de La Sala y Riglos y Mariquita Sánchez de Thompson, la Sociedad de Beneficencia fundada por Rivadavia en 1823.

Rosalía de Castro. Poeta y escritora gallega (1837 – 1885). En su obra se entrecruzan el romanticismo, la denuncia social y la nostalgia por su tierra natal.

Infanta Isabel de Borbón. Representante de España en las celebraciones del Centenario de la Revolución de Mayo, en 1910.

Elena Larroque de Roffo. Benefactora, colaboradora y esposa del médico Ángel Roffo (1883 – 1924). Creó la Escuela de nurses, primera del mundo en oncología; fundó la Liga Argentina de la Lucha contra el Cáncer (LALCEC).

Gregoria Matorras. Madre del general José de San Martín.

Patricias Argentinas. Por las mujeres que en marzo de 1612 donaron al ejército patriota los fusiles comprados en Norteamérica por Martín Thompson. Proclamaron: “Se dirá un día que yo armé el brazo de este valiente que aseguró su patria y nuestra libertad”. Sus nombres: Tomasa de Quintana, Remedios de Escalada, Carmen Quintanilla, Mariquita Sánchez, Isabel de Agüero, Patricia Cárdenas, Rufina de Horma, María de Andonaegui, Ramona Esquidel, Ángela Castelli y Magadalena de Castro.

Manuela Pedraza (La Tucumana). Esposa de un cabo que durante las invasiones inglesas abatió a un soldado enemigo. Liniers la nombró alférez.

Pola (Policarpo Salvatierra). Heroína colombiana nacida en 1792 y fusilada en 1817 por no delatar a los patriotas; su novio era oficial del ejército independetista.

María Remedios del Valle. Mulata que actuó en el Alto Perú junto con su esposo y sus dos hijos, que murieron en la lucha. Herida en seis ocasiones, obtuvo el grado de sargento mayor.

Juana María Gorriti. Maestra y escritora salteña (1819 – 1892). Formó parte de una familia comprometida en la batalla por la Independencia y, luego, en las guerras civiles; reivindicó los derechos de la mujer.

Rosario Vera Peñaloza. Educadora y escritora (1873 – 1950). Realizó una valiosa labor de difusión del magisterio y en la formación de docentes.

Alicia Moreau de Justo. Médica y política, dirigente del Partido Socialista (1885 – 1985). Esposa de Juan B. Justo, fundador del PS y primer traductor de El Capital al castellano. Impulsora de la democracia y de los derechos políticos y sociales de la mujer.

Azucena Villaflor. Fundadora y primera presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo en la demanda por la aparición con vida de su hijo y demás víctimas del terrorismo de Estado; desaparecido desde 1977.

Regina Paccini de Alvear. Cantante lírica italiana, esposa del presidente Marcelo T. de Alvear. Promotora del teatro y el arte lírico. Fundó la Casa del Teatro.

Macacha Güemes. Hermana del general Martín de Güemes (1767 – 1866). Puso su habilidad política al servicio de la lucha de aquel en los momentos más difíciles. Luego de la muerte de su hermano, en 1821, siguió participando en los sucesos de las provincias.

Juana Manso. Maestra, pedagoga y escritora argentina (1819 – 1875). Al regresar del exilio, en 1853, y a instancias de Sarmiento, fue delegada directora de la primera escuela mixta del país. Allí experimentó nuevos métodos educacionales e incorporó el aprendizaje de idiomas extranjeros, lo que levantó gran resistencia y produjo su renuncia en 1865.

Por Humberto J. Gallo.

7.03.2008

Supersticiones del Río de la Plata 2


Supersticiones del Río de la Plata - (Entrega 2)
Fragmentos del libro de Daniel Granada: Supersticiones del Río de la Plata.
Capítulo Cuarto

El hombre, en los albores de la vida, supone inmediatamente enlazados a inteligencia y poderes superiores e invisibles los hechos y fenómenos que en el orden físico se cumplen, a virtud de las fuerzas de la naturaleza que los forman, respondiendo a leyes que, establecidas por la mente suprema, rigen el movimiento y equilibrio del universo. Todos creen (los indios) que las fuerzas y el bien son el cielo, decía Cristóbal Colón, desde las Antillas, en carta a Luis Santángel. El soberbio guaicurú, avasallador de las naciones circunvecinas, en el Chaco, salía denodadamente al encuentro de las tormentas, regidas por los demonios, a quienes creía vencer y abatir, obligándolos a sepultarse de nuevo en la negra mansión de los abismos que los vomitara. Diversas generaciones guaraníes alejaban las pestes y otras calamidades con algazara y con el canto, acompañado este del ruidoso sonido del baracá (mbaracá, calabaza con chinas dentro). Las tribus de la región patagónica procedían de la misma manera. Los pampas, cuando advertían los síntomas de alguna enfermedad o les amenazaba algún peligro, se armaban de todas sus armas (lanzas, bolas, cuchillos, garrotes, lo que había en las manos), montaban a caballo, y, prorrumpiendo en gritos desaforados, arremetían contra el invisible enemigo y no dejaban de asestar golpes al aire hasta que se persuadían haberle echado de sus toldos.

[…]

Hay notoria identidad entre las fuerzas de la naturaleza y las inteligencias que imaginó el hombre primitivo. Estas inteligencias o agentes invisibles, por lo general son antropomorfos. Mas a veces tienen la forma de cualquiera otro ser animado de la naturaleza. Así, por ejemplo, añanga, que era el diablo de los guaraníes, tenía para algunas generaciones la forma de un insecto (ayacuá o añacuá, diablo ternezuelo), que hacía tanto daño en las mieses, y, lo que es más grave, en el cuerpo del hombre, como los terribles microbios que diezman las poblaciones, especialmente si han salido de las bocas del Ganges, del Nilo o del Misisipí.

El P. José Guevara, tratando de los lules, que eran indios salvajes moradores del Chaco, dice del ayacuá que era un gorgojo del campo, que, aparte de otras diabluras, se entretenía en mortificar al hombre, introduciendo en su cuerpo diversos elementos de destrucción que le causaban el dolor y la muerte. Iba este diablillo armado, a lo indio, de arco y flechas.

Mas el ayacuá de los lules no es, en substancia, otra cosa que el añacuá de las demás generaciones guaraníes (a cuya raza seguramente pertenecieron aquellos). Su figura de gorgojo del campo, ¿qué es sino una de la infinitas transformaciones que ha sabido tomar y toma el diablo de los indígenas todos del Nuevo Mundo, por su índole y condiciones idéntico al espíritu maligno de los cristianos, que todas las regiones del globo tiene invalidadas y contaminadas? Ayacuá, añacuá y añangá son formas varias de un mismo vocablo. Añanga decimos, castellanizada la voz. La lengua castellana, del propio modo que la portuguesa, a la postre convierte en llamas las voces agudas que asimila. Por eso también los brasileños dicen comúnmente añanga, sin perjuicio de pronunciar, cuando les place, añangá. Vivas aún, bien que moribundas, subsisten en parte de la Argentina (Corrientes, Misiones), en el Paraguay y en el Brasil las lenguas guaraní y tupí, una y otra originarias del mismo tronco y solo diferenciadas entre sí por accidentes análogos a los que distinguen la portuguesa de la castellana. Las dificultades que ofrece el penetrar bien el sentido de las palabras en boca de gente bárbara, ha impedido a los misioneros (que eran los que regularmente averiguaban estas cosas) juntar datos precisos que sirviesen para determinar la naturaleza y cualidades o atributos de las divinidades indígenas. Añanga, gualicho, zopay significan respectivamente el maligno espíritu de los, araucanos (incluso los pampas) y peruanos. Añacuá o ayacuá es un diablillo, un diablo diminuto e imperceptible entre los guaraníes, que para algunas generaciones ha tomado la forma de un gorgojo del campo. Añangapitanga es otra manera del diablo, el diablo colorado (pitang) o ardiente, por la similitud del rojo y de la llama.

La idea de un viviente diminuto e imperceptible (de un microbio) productor de enfermedades en el hombre y en los animales, sin duda ha sido general entre los bárbaros del continente americano. Tal era, a lo menos, la imaginación reinante entre los indios de las regiones comprendidas entre el Plata y el Orinoco, entre los del Chaco, de la Pampa, de la Patagonia, de Arauco, de la Tierra del Fuego. El gualicho de los pampas se halla en las aguas pútridas de los pantanos u otros receptáculos, como las desembocaduras de los grandes ríos que forman deltas, en las frutas nocivas, en las yerbas venenosas, en las emanaciones deletéreas de toda índole, en los cerrados bosques sin ventilación, en el aire que respiramos viciado por cualquier causa accidental, en el cráter de los volcanes, en donde se aglomera mucha gente, en torno de ranchos y de taperas, en los árboles secos y vetustos que ha aislado la suerte, cual si de ellos huyese la vida. Introducido en el vientre, le hace doler; introducido en las piernas, las paraliza; introducido en los ojos, los ciega; en los oídos, los ensordece; en la lengua, priva del habla. Los pampas y los charrúas, embadurnados con grasa de yegua o de ñandú y amontonados bajo un toldo, hombres, mujeres, chicos y grandes, perros y gatos, comían y dormían entre un infinito mundo de microbios; ni sus narices advertían lo más mínimo que pudiese desagradar, ni habría modo de hacerles entender (si uno se lo propusiese) el significado de la palabra ‘nauseabundo’. La catinga (hediondez, peste), para ellos, era algo parecido a la fragancia del azahar o del nardo. Las madres acomodaban a los recién nacidos en una armazón de tablitas de caña tacuara, marradas con tientos a dos listones paralelos. Por uno de los extremos los listones formaban ángulo, terminando en punta, a fin de que, clavada en tierra la armazón, quedasen libre y pendientes los muslos y piernas de la criatura, afianzada solamente desde la cintura hasta los hombros y espaldas. De ese modo las madres podían ocuparse en sus faenas. (…) Cuando los indios se ponían en marcha, las madres echaban a la espalda la susodicha armazón, y la presión continua que hacía en el fondo de ella la parte posterior del cráneo, daba por resultado que a la larga se les aplastase. De ahí que el indio pampa tenga achatada la parte posterior de la cabeza. Pues bien; tan luego como la criatura podía andar y sostenerse, prendían fuego a la armazón que le sirviera de cuna. El objeto de la quemazón no era otro que destruir o matar el gualicho, como si dijéramos los millones de millones de microbios. (…) Si no destruían el gualicho del que el mueble quedaba infestado, creían firmemente que hijo y madre habían de ser víctimas de enfermedades y desgracias inevitables. Les acarreaba el desprecio y aborrecimiento de los demás, quedando condenados a vivir eternamente perseguidos y maltratados, como si estuviesen contaminados por el demonio.

[…]

Una de las enfermedades que más estragos ha hecho entre los indios ha sido la viruela; pavorosa deidad de la muerte, que dejaba sin hijos a las madres, cuando no arrastraba a todos a su lúgubre mansión, dejando desiertas las tolderías. Si (lo que era muy frecuente) había en los toldos alguna cautiva, al momento le achacaban la desgracia. —¡Cristiana echando gualichu!— gritaban con furia infernal; y la infeliz moría martirizada. Huecuvú o Huecufú era Luzbel o Satanás que, suscitado por el cristiano, enviaba al indio los agentes del mal.

[…]

Estos seres malditos cumplían, en virtud de su propia maldad, una función terrible que, sin quererlo, obstaba al quebrantamiento de las leyes del orden moral. (…) Quien faltaba al deber sagrado de la limosna estaba expuesto a las venganzas de Huecuvú, que en este caso hacen estremecer. “Jamás Calvaíñ, porque Huecuvú tiene emisarios que disfrazados de pobres piden limosnas, y si se les desprecia o niega algo se vengan en las criaturas dándoles oñapué (veneno), para hacer derramar lágrimas a sus padres”.

[…]

El lenguaje rioplatense ha castellanizado diversos vocablos quichuas, araucano-pampas, guaraníes y africanos. Su uso importa a la mayor precisión de las ideas. Esta y aquella voz que en castellano corresponden a diablo, por ejemplo, expresan ideas análogas, pero no idénticas. Por tanto, cuando se hable del diablo de los pampas, cumple decir gualicho, y cuando se hable del diablo de los guaraníes, añanga, etc.

La abundancia de voces para expresar una misma idea, sin que alguna diferencia, aunque no sea sino modal, la diversifique, no arguye propiamente riqueza ni menos perfección de lenguaje. La riqueza y perfección consisten realmente en que a ninguna cosa del mundo físico o del moral les falte expresión breve, clara y eufónica, por cuyo medio propone comunicar. La concurrencia de términos homólogos en una lengua puede tener causas diversas. Unas son meramente accidentales; y entre estas se cuenta la asimilación innecesaria de voces exóticas, como sucede cuando, teniendo en la propia lengua nombre adecuado una cosa, se hace uso del que lleva en un idioma extraño. Esto, que en general procede de la ignorancia, es un mal. Pero a veces la concurrencia de términos homólogos dimana de los orígenes diversos que tiene la cosa que representan. La idea de brujería, de hechizo, del diablo, hallárase expresada, según los casos, ora con las palabras propias de nuestra lengua: diablo, hechizo, brujería; ora con la voz pampa castellanizada gualicho; ora con las guaraníes añanga y payé; ora con la quichua huacanque o guacanque; ora con la africana mandinga. Los nombres castellanos se usan necesariamente en el lenguaje culto. En estilo familiar, y sobre todo entre la gente del campo, suele decirse gualicho, añanga, payé, guacanque, mandinga.

Gualicho, payé y mandinga expresan los tres conceptos de diablo, brujería, hechizo. Payé significa, además, hechicero. Añanga equivale a genio del mal, aunque algunas de sus acciones no tengan precisamente por objeto dañar al hombre y a los animales, o alterar el orden de la naturaleza. Mandinga es, más propiamente que diablo, duende. Su residencia ordinaria es el hogar. Huacanque o guacanque representa en general la idea de brujería; mas, en particular, equivale propiamente a talismán o encanto. El que es afortunado en el amor, en el juego, en los combates, con seguridad tiene guacanque. Guacanque o huacanque son, por ejemplo, las plumas del caburé que lleva consigo aquel a quien no hay mujer que le desaire.

[…]

6.30.2008

Supersticiones del Río de la Plata 1

Supersticiones del Río de la Plata - (Entrega 1)
Fragmentos del libro del Daniel Granada:
Supersticiones del Río de la Plata.

Capítulo Tercero: “Supersticiones indígenas y supersticiones advenedizas”

Considerable números de supersticiones originarias de Europa y del Oriente se hallaron también esparcidas por todo el continente americano a la entrada de los españoles. Los adivinos, hechiceros y saludadores, que aún levantan de vez en cuando cabeza, primaban igualmente en los imperios de Moctezuma y de Atahualpa y entre las hordas salvajes de toda la tierra firme e islas del Nuevo Mundo. Sorprendentes analogías se hallaron también entre las creencias de los moradores del orbe de Colón y las que en el orden superior de la religión profesaba la nación conquistadora: el diluvio, el misterio de la Trinidad, la comunión, el ayuno, el bautismo, la confesión de la penitencia, etc. El opacuna, en el Perú, era un lavatorio o baño en agua, para quedar limpios de pecados.


En determinadas fiestas solemnes repartíanse unos bollos sagrados o cancos (cancu) por las mamaconas (monjes de los templos del Sol) y el Inca (Dios y su representante en la tierra). Todas las desgracias y enfermedades que les sobrevenían eran castigo de la divinidad por sus pecados. En desagravio de la divinidad ofendida y para remedio de aquellos males, sacrificaban animales y niños, confesábanse y recibían penitencias. Penitente y confesor (ichuri) íbanse a la vera de un río. Postrábase aquel primeramente de pechos sobre el suelo; luego, levantándose, decía sus pecados al ichuri, que estaba obligado a guardar secreto bajo pena de muerte. Los pecados que debía manifestar el penitente eran el homicidio, el robo, el adulterio y estupro, la sodomía y bestialidad, la maldición (la tierra me trague, el rayo me parta), la mentira y la murmuración, el uso de hechizos y hierbas para hacer mal, el no celebrar las fiestas, el deshonrar padre, madre, abuelo o tíos y no socorrerlos en sus necesidades, el sacrilegio, la omisión de los sacrificios u ofrendas obligatorias, decir mal del Inca, etc. Imponíase al confesarse una penitencia conforme a los pecados de que se acusaba, cumplida la cual, recibía unos ligeros golpes en las espadas con una piedra. Después penitente y confesor decían ciertas oraciones, maldecía los pecados que el penitente confesaba, y arrojaba el manojo al río, imprecando a los dioses para que lo llevase al abismo, donde quedase eternamente sepultado.

[…]

Los misioneros y escritores eclesiásticos de la conquista veían la mano de Satanás en las susodichas semejanzas de la idolatría y la región revelada. Satanás, intentando ser adorado como Dios, excogita, para inducir a ello a los hombres, cuantos medios pueden inventar la malicia de un ser tan perspicaz y ladino.

[…]

El morador de las desiertas campañas, por vía de asimilación, tomó de los hábitos, usos, lenguajes y aficiones del indio, que unió a su destino después de la conquista, lo más análogo y adaptable a su modo de ser, a sus necesidades en tierras desconocidas y hasta a sus preocupaciones respecto de los hechos y fenómenos que no era capaz de explicar su pensamiento.

[…]

Los magos, hechiceros, adivinos o brujos indígenas continuaron, después de la conquista, ejerciendo sus artes vanas, no ya en el seno de sus tolderías o pueblos independientes, sino entre cristianos. Infinito era su número, dando mucho que hacer a los ministros de la Iglesia, ocupados en extirpar de la viña del Señor tan nociva y contagiosa pestilencia. Los magos, hechiceros, adivinos y brujos criollos de la grey cristiana, aceptaron de los indígenas cuanto se acomodaba a sus designios y prácticas tradicionales, sustituyendo con la señal de la cruz y con preces a su manera dispuestas, las palabras y acciones simbólicas que les pareció desechar.

Unidas a las de los europeos las supersticiones de los indios, prodújose un vigoroso fermento en tan apartadas y desiertas regiones, cuyos nuevos pobladores, a pesar del yugo con que los sujetaban los poderes reales y eclesiásticos, dieron constantemente, en cuantas ocasiones se les presentaron, muestras señaladas del individualismo congénito de una raza informada en los campos de batalla, abundantemente regada con sangre de íberos, de latinos, de godos, árabes. Los retoños de las ideas supersticiones así amalgamadas extendiéronse por campos y ciudades, como la mala hierba que invade los terrenos labrantíos cuando de continuo no los trabajaban sus cultivadores. Consta de un memorial presentado al Consejo de Indias el 7 de octubre de 1752 por el procurador de la ciudad de Córdoba de Tucumán, D. Gregorio de Arrascaeta, que la provincia que para ante él le confiara la gestión de sus negocios y herejías y con más especialidad de hechiceros, siendo tanta su abundancia que, a pesar del defecto moral que los inhabilitaba para todo servicio en casa honesta, encontrábaseles de criados hasta en los monasterios y conventos. Casi no había un enfermo que dejase de atribuir sus dolencias a los efectos de algún maleficio. Las informaciones (raras) que el comisario del Santo Oficio de la Inquisición hiciera acerca de algunos de tales delitos, quedaban más allá en Lima, sin que se volviese a oír hablar de semejante cosa en la vida; y como a los jueces reales les estaba vedado el entender en causas de esa naturaleza, los bergantes hechiceros, cuyo pacto con el demonio era notorio, campaban por su respeto.

[…]

Los adivinos, hechiceros y magos invocaban al demonio con nombre de ángel de luz, rindiéndole cierta manera de adoración y ofreciéndole perfumes y hierbas olorosas. Había evocadores del demonio (que vendrían a ser los espíritus de nuestros días), el que se les aparecía en la figura de un animal o bien representando a las personas, vivas o muertas, pecadoras o beatificadas, con quienes querían comunicarse cara a cara. Le hablaban, y recibían sus respuestas, sobre sucesos pasados, actuales o futuros. Encendíanle luces y quemábanle incienso, al propio tiempo que, con una bebida hecha de yerbas y raíces (el achuma, el chamico y la coca), se enajenaban y entorpecían los sentidos hasta el punto de engendrar en su mente las ilusiones y representaciones fantásticas que luego tenían y publicaban por revelaciones inequívocas de las cosas o de los hechos que deseaban conocer o de que prometían dar noticia. Aparte de los invocadores al demonio, militaban en América los astrólogos, levantando figuras para formar el horóscopo de las personas y formulando juicios sobre casos futuros y contingentes o sobre acciones dependientes de la voluntad divina o del libre albedrío de los hombres. Para las adivinaciones y hechizos valíanse, asimismo, los que en sus artes diabólicas ejercitaban su malicia, de habas, trigo, maíz, monedas, sortijas y de otras semillas y objetos semejantes mezclando lo sagrado con lo profano: evangelios, agnusdeyes, aras consagradas, agua bendita, estolas y otras vestiduras sacerdotales. Tenían y usaban ciertas cédulas enigmáticas y recetas o memoriales; palabras u oraciones: círculos, rayas y caracteres; reliquias de santos; piedra imán; cabellos, cintas y polvos; candelillas, redomas, ollas; vasos de agua, alfileres, etc. Aparecieron muchas alumbradas, mujeres que hacían milagros, recibían favores del cielo, tenían visiones y revelaciones, sabían lo que pasaba de tejas arriba y de tejas abajo, adivinaban y predecían, daban fructuosos consejos y sanaban a los enfermos. Cosas eran estas que alarmaban a las conciencias timoratas y alguna vez impulsara a los ministros de la Inquisición a considerar y averiguar si la mujer favorecida con tales virtudes albergaba en su alma y en su corazón el espíritu y experimentaba los arrobos de ángel de luz o de ángel de tinieblas. Las mujeres iluminadas constituían por sí solas una plaga.

Célebre fue en el indiano hemisferio la titulada madre Ángela o Ángela de Dios, cuyo apellido era Carranza, natural de Córdoba del Tucumán, quien, pasando al Perú y frecuentando los templos de Lima, logró que la tuviesen por santa. Para llenar con la mies católica los trajes del infierno, habíase valido (como suele) el demonio de una de esas mujeres que llaman beatas. Lo era la tucumana del hábito de San Agustín. Era la maestra de la mística, la abogada del pueblo, la maravilla del orbe: éxtasis, raptos, inteligencias misteriosas con seres superiores, revelaciones, milagros. Juzgábase compendiado el cielo en aquella mujer. Vinculaba la felicidad de las personas, el buen éxito de los negocios, aspiraciones y empresas, a los objetos que santificaba: rosarios, medallas, campanillas y cencerros, cuentas, pañuelos, espadas y dagas, papeles escritos y firmas, sus cabellos y muelas y uñas, sus enaguas, vendas y paños teñidos en su sangre. Tan enorme era la cantidad de prendas santificadas y de amuletos, que, cuando el tribunal de la Inquisición publicó edictos mandando entregar todos los que hubiese en manos de particulares, se llenó con ellos una sala espaciosa. Sólo las cuentas y rosarios contábanse por millones: en diez pontificados no distribuyera tantos la Sede Apostólica. Muchos llegaron con su fama y celebridad hasta la misma Roma. En los quince años que la tal Ángela de Dios ejerció su ministerio, escribió quince libros en materias teológicas, comprendidos en quinientos cuarenta y tres cuadernos, con más siete mil q1uinientas fojas. Tuvo engañados hasta los virreyes y arzobispos. Era vana y arrogante, impaciente, iracunda y codiciosa en extremo. Fallóse su causa en 20 de diciembre de 1694.

Obra han sido el espíritu infernal y las brujerías, los hechizos y ensalmos, la buenaventura, el prestigio y la magia, la adivinación y hecho, en suma, o todo fenómeno, ya puramente imaginario, ya real o ya sofisticado, que ofreciera condiciones, apariencias, caracteres o indicios de responder a una alteración de orden regular de las cosas ante el criterio teológico. Ciertos accidentes raros del histerismo, ciertas enfermedades nerviosas, no vinieron a ser manifestaciones de la presencia de espíritus malignos o demonios que rodeaban (obsesión) o se habían introducido (posesión) en el cuerpo del o de la paciente, a quien estaban atormentando: idea que tenía sus raíces en la genitalidad y el judaísmo. El exorcismo era su remedio.

La relajación de sus costumbres, durante el siglo decimosexto, presentábase con mayor desenfado aun que en la Península entre los pobladores del Nuevo Mundo. El clero se dejaba llevar de la fácil corriente desencadenada que al gusto convida con deleites, demostrándolo con sobrada notoriedad el crecido número de solicitantes en confesión que registran los anales del Santo Oficio. Corrían de boca en boca, a manera de sentencias, frases indicativas de un estado social nada ascético, de gentes mejor halladas con las comodidades y placeres de la vida terrena que con las prácticas austeras de la perfección cristiana. En este mundo no me veas mal pasar, que en el otro no me verás penar, era refrán válido entonces, que de España lo recibiera gustosa la placentera América. Una beata de la Merced, llamada Francisca Ortiz, en Santiago de Chile, declaraba ante el comisario del Santo Oficio que realmente ella había procurado siempre no verse contrariada en sus gustos, recordando que en España oyera muchas veces decir: en este mundo no me veas mal pasar, que en el otro etc. Otra mujer, Lucía de León, fue igualmente procesada, por haber dicho que los vecinos de Cuyo (Argentina), cuya conducta se censuraba, se atenían acaso, para su gobierno, al refrán: en este mundo no me veas mal pasar, etc.


Jerónimo de Ortega, clérigo, confiesa haber firmado cédula al demonio, y que arrodillado en medio del campo, ofrecíale coca, que para el efecto levantaba con sus manos en alto, invocándole en esta forma: tú, a quien dicen señor del África, como tan poderoso, ayúdame y dame fortuna, así en el juego como en amores.

[...]

6.20.2008

Belgrano y la Bandera


Frases de Manuel Belgrano:

Deseo ardorosamente el mejoramiento de los pueblos. El bien público está en todos los instantes ante mi vida.

El miedo sólo sirve para perderlo todo.

El modo de contener los delitos y fomentar las virtudes es castigar al delincuente y proteger al inocente.

En mis principios no entra causar males sino cortarlos.

En vano los hombres se empeñan en arrastrar a su opinión a los demás, cuando ella no está cimentada en la razón.

Este país, que al parecer no reflexiona ni tiene conocimientos económicos, será sin comercio un país desgraciado, esterilizando su felicidad y holgando su industria.

La vida es nada si la libertad se pierde.

Lo que creyere justo lo he de hacer, sin consideraciones ni respetos a nadie.

Los hombres no entran en razón mientras no padecen.

Me hierve la sangre, al observar tanto obstáculo, tantas dificultades que se vencerían rápidamente si hubiera un poco de interés por la patria.

Mis ideas no se apartan de la razón y justicia que concibo, ni jamás se han dirigido a formar partidos, ni seguirlos.

No busco glorias si no la unión de los americanos y la prosperidad de la patria
.

6.19.2008

Río de la Plata. Primeras Crónicas

En que se trata de la ruta y viaje que yo, Ulrico Schmidl, de Straubing, hice en el año 1534, A. D.; partiendo el 2 de agosto de Amberes, arribando per mare a España y más tarde a las Indias. Todo por la voluntad de Dios Todopoderoso. También de lo que ha ocurrido y sucedido a mí y mis compañeros, como se cuenta más adelante.

I

Primeramente habréis de saber que desde Amberes hasta España tardé catorce días, llegando a una ciudad que se llama Cádiz. Desde Amberes hasta dicha ciudad se calcula que hay cuatrocientas leguas por mar. Cerca de esta ciudad había catorce buques grandes, bien pertrechados con toda la munición y bastimentos necesarios, que estaban por navegar hacia el Río de la Plata en la Indias. También se hallaban allí dos mil quinientos españoles y ciento cincuenta entre alto-alemanes, neerlandeses y austríacos o sajones; y nuestro supremo capitán, de alemanes y españoles, se llamaba don Pedro Mendoza. Entre esos catorce buques, uno pertenecía al señor Sebastián Neithart y al señor Jacobo Wesler, de Nuremberg, quienes enviaban a un factor, Enrique Paime, al Río de la Plata, con mercaderías: en ese buque de los dichos señores Sebastián Neithart y Jacobo Welter hemos navegado hacia el Río de la Plata yo y otros alto-alemanes y neerlandeses, unos ochenta hombres, bien pertrechados con armas de fuego y de otras clases. Así partimos de Sevilla en el año 1534 en catorce buques con el dicho señor y capitán general don Pedro Mendoza. El día de San Bartolomé llegamos a una ciudad en España que se llama San Lúcar, a veinte leguas de Sevilla. Allí hemos quedado anclados, a causa de la fuerza del viento, hasta el primer día de septiembre de dicho año.

II

Después que partimos de dicha ciudad de San Lúcar, llegamos a tres islas que están juntas unas con otras. La primera se llama Tenerife, la otra Gomera y la tercera La Palma; desde la ciudad de San Lúcar a estas islas hay más o menos doscientas leguas. Los habitantes de ellas son españoles puros, así como sus mujeres e hijos, y hacen azúcar; las islas pertenecen también a la Cesárea Majestad. Con tres buques fuimos a La Palma y allí permanecimos y reparamos los barcos.

Cuando nuestro general don Pedro Mendoza ordenó que nos acercáramos, pues estábamos a unas ocho o nueve leguas de distancia los unos de los otros, resultó que a bordo de nuestro buque venía don Jorge Mendoza. Este Jorge Mendoza andaba en amores con la hija de un rico vecino de La Palma y, cuando al día siguiente quisimos ponernos en marcha, resultó que el susodicho de don Jorge Mendoza había bajado a tierra a medianoche, acompañado por doce secuaces, e ido a la casa de ese vecino de La Palma, trayéndose al buque a la hija de ese vecino y a su doncella, con todas sus joyas, vestidos y dinero. Subieron al buque a escondidas, en tal forma que ninguno de nosotros, ni el capitán Enrique Paime, nos enteramos de nada; el único que pudo saberlo era quien montaba a la guardia durante la noche, pues esto ocurrió a medianoche.

Partimos a la mañana siguiente, y apenas nos habíamos alejado una o dos leguas cuando nos tomó un fuerte ventarrón y tuvimos que regresar al mismo puerto de donde habíamos partido, largando allí anclas. Nuestro capitán Enrique Paime quiso bajar a tierra en un barquito de esos llamados bote o batel, y cuando quiso desembarcar vio la costa a unos treinta hombres, bien armados con arcabuces y alabardas, quienes querían prenderlo. Así se lo advirtió uno de los marineros, diciéndole que no tocara la costa, pues tenían intención de apresarlo. Nuestro capitán quiso volver inmediatamente a su buque, pero no pudo hacerlo tan pronto como deseaba, porque los que estaban en la costa subieron a unos botes que tenían preparados; pero así y todo el referido capitán Enrique Paime pudo escapar y subir a otro buque que estaba más cerca de la costa que el suyo propio, así que no pudieron prenderlo. En la ciudad de Las Palmas hicieron tocar las campanas a rebato, cargaron dos piezas de artillería y dispararon cuatro cañones contra nuestro buque, pues no estábamos lejos de la tierra. Con el primer tiro, hicieron pedazos la vasija del agua que, siempre llena de cinco o seis cubas de agua fresca, el buque lleva en popa. Con otro tiro hicieron pedazos el palo de mesana, que es el último mástil hacia la popa del buque y abrieron un gran agujero, matando un hombre; con el cuarto no acertaron.

A costado del nuestro había dos buques, que también estaban por navegar hacia Nueva España en Méjico, y su capitán había bajado a tierra con ciento cincuenta hombres. Ellos arreglaron las paces entre nosotros y los de la ciudad, prometiendo que les entregarían a don Jorge Mendoza, a la hija del vecino y a su doncella.

Así vinieron a nuestro buque el regidor y el alcalde y también nuestro capitán y el otro capitán, y quisieron apresar a don Jorge Mendoza y a su querida. Pero éste contestó al alcalde que ella era ya su esposa de cuerpo y ella dijo lo mismo. Entonces se los casó de inmediato; pero el padre quedó muy triste. Nuestro buque quedó muy estropeado por los cañonazos.

III

Después de esto dejamos en tierra a don Jorge Mendoza y su esposa: nuestro capitán no quiso dejarlos viajar más en su buque.

Reparamos nuevamente nuestro barco y navegamos hacia una isla que se llama San Jacobo —o, en su forma española, Santiago— que pertenece al rey de Portugal, donde hay ciudad. Los portugueses la mantienen en su poder y a ellos están sometidos los negros africanos que la habitan. Allí permanecimos cinco días, y volvimos a cargar provisión fresca de carne, pan, agua y todo lo que es necesario en alta mar.

IV

Allí se reunieron los catorce buques de la flota y salimos al mar. Navegamos dos meses, hasta que llegamos a una isla donde hay solamente aves, que matamos a palos, y donde permanecimos tres días. Allí no hay gentes y la isla tiene unas seis leguas de ancho; queda a unas mil quinientas leguas de camino de la antes nombrada isla de Santiago.

En este mar se encuentran peces voladores y peces grandes como ballenas, y peces que se llaman peces-sombrero, pues tienen sobre la cabeza un gran disco fortísimo que parece un sombrero de paja. Con este disco pelean con otros peces; son muy grandes, fuertes y valientes. Hay también otros peces que tienen sobre su lomo una cuchilla de hueso de ballena, y en español se llaman peces-espada. También hay otro que tiene una sierra sobre el lomo, hecha de hueso de ballena, pez grande y malo que en español se llama pez-sierra. Fuera de ésos, hay en estos parajes otras muchas clases de peces, que no describiré en esta ocasión.

V

De esta isla navegamos luego a otra que se llama Río de Janeiro, y los indios se llaman tupís, donde estuvimos como catorce días. Ordenó allí don Pedro Mendoza que nos gobernara en su lugar don Juan Osorio, quien era como su propio hermano, pues él se encontraba enfermo, tullido y decaído. Pero el referido Juan Osorio fue calumniado y denunciado a su hermano jurado, don Pedro Mendoza, como que pensara levantar y amotinar la gente contra él. Por esto don Pedro Mendoza ordenó a otros cuatro capitanes, llamados Juan Ayolas, Juan Salazar, Jorge Luján y Lázaro Salvago, que apuñalaran al referido Juan Osorio, pues correría igual suerte. Se le hizo injusticia, como bien sabe Dios Todopoderoso; era un recto y buen militar y siempre trató muy bien a los soldados. ¡Dios sea con él clemente y misericordioso!

VI

Desde allí zarpamos al Río de la Plata, y después de navegar quinientas leguas llegamos a un río dulce que se llama Paraná Guazú y tiene una anchura de cuarenta y dos leguas en su desembocadura al mar. Allí dimos en un puerto que se llama San Gabriel, donde anclaron nuestros catorce buques, y de inmediato nuestro capitán general don Pedro Mendoza ordenó y dispuso que los marineros condujesen la gente a la orilla en los botes, pues los buques grandes solamente podían llegar a una distancia de un tiro de la tierra; para eso se tienen los barquitos que se llaman bateles o botes.

Desembarcamos en el Río de la Plata el día de los Santos Reyes Magos en 1535. Allí encontramos un pueblo de indios llamados charrúas, que eran como dos mil hombres adultos; no tenían para comer sino carne y pescado. Éstos abandonaron el lugar y huyeron con sus mujeres e hijos, de modo que no pudimos hallarlos. Estos indios andan en cueros, pero las mujeres se tapan las vergüenzas con un pequeño trapo de algodón, que les cubre del ombligo a las rodillas. Entonces don Pedro Mendoza ordenó a sus capitanes que reembarcaran a la gente en los buques y se la pusiera al otro lado del río Paraná, que en ese lugar no tiene más de ocho leguas de ancho.

VII


Allí levantamos una ciudad que se llamó Buenos Aires: esto quiere decir buen viento. También traíamos de España, sobre nuestros buques, setenta y dos caballos y yeguas, que así llegaron a dicha ciudad de Buenos Aires. Allí, sobre esa tierra, hemos encontrado unos indios que se llaman querandís, unos tres mil hombres con sus mujeres e hijos; y nos trajeron pescados y carne para que comiéramos. También estas mujeres llevan un pequeño paño de algodón cubriendo sus vergüenzas. Estos querandís no tienen paradero propio en el país, sino que vagan por la comarca, al igual que hacen los gitanos en nuestro país. Cuando estos indios querandís van tierra adentro, durante el verano, sucede que muchas veces encuentran seco el país en treinta leguas a la redonda y no encuentran agua alguna para beber; y cuando cogen a flechazos un venado u otro animal salvaje, juntan la sangre y se la beben. También en algunos casos buscan una raíz que se llama cardo, y entonces la comen por la sed y no encuentran agua en el lugar, sólo entonces beben esa sangre. Si acaso alguien piensa que la beben diariamente, se equivoca: esto no lo hacen y así lo dejo dicho en forma clara.
Los susodichos querandís nos trajeron alimentos diariamente a nuestro campamento, durante catorce días, y compartieron con nosotros su escasez en pescado y carne, y solamente un día dejaron de venir. Entonces nuestro capitán don Pedro Mendoza envió en seguida un alcalde de nombre Juan Pavón, y con él dos soldados, al lugar donde estaban los indios, que quedaba a unas cuatro leguas de nuestro campamento. Cuando llegaron donde aquellos estaban, el alcalde y los soldados se condujeron de tal modo que los indios los molieron a palos y después los dejaron volver a nuestro campamento, tanto dijo y tanto hizo, que el capitán don Pedro Mendoza envió a su hermano carnal don Jorge Mendoza con trescientos lansquenetes y treinta jinetes bien pertrechados; yo estuve en ese asunto. Dispuso y mandó nuestro capitán general don Pedro Mendoza, juntamente con nosotros, matara, destruyera y cautivara a los nombrados querandís. Cuando allí llegamos, los indios eran unos cuatro mil, pues habían convocado a sus amigos (...).

Fragmento de Viaje al Río de la Plata, Ulrico Schmild.




6.17.2008

Nacimiento

Inicio este blog en un día difícil, complicado, confuso.

Transito las calles y solo observo amaguras, broncas e indiferencias.

En mí, solo golpea fuerte la angustia. Esa angustia que provoca ver cómo se cometen día tras día los mismos errores.

Somos muchos, quienes nacimos entre los años 50 y 60, que hoy oímos voces con discursos demasiado conocidos y que nos muestran siempre las mismas imágenes, recurriendo siempre, a argumentos caducos, que solo movilizan la memoria hacia un pasado nefasto que no pretendemos olvidar, pero donde no hallamos salidas o soluciones saludables para el país.

¿Por qué en mi tierra nunca he podido ver el final de un gobierno en forma democrática? Un cambio de modelos, aunque no sea el que yo elija, pero respetado como la Constitución lo indica.

Hoy escucho al gobierno y sé y siento que no quiero otro golpe de Estado, escucho al campo y no percibo que estén pensando en el bienestar de los argentinos.

Inicio hoy este espacio en medio de un mar de confusiones; y aunque no soy creyente, tengo la imperiosa necesidad de pedir a Dios por quienes no pueden crearse una opinión crítica, por todos aquellos —que son muchos, muchísimos— que viven en la marginalidad, en la desnutrición.

Estoy harta de soberbias, de intereses que solo miran sus conveniencias. Estoy harta, sí, y quiero huir y quedarme, porque tal es mi ofuscación que no llego a vislumbrar cuál es el mejor camino para seguir andando. Creo, sin embargo, que el menos malo es apostar a que las instituciones democráticas continúen su camino, al menos siento que estoy respetando ese libro sagrado que es La Constitución de la Nación Argentina.

Paradójico, tal vez común en mí, en una noche de tristeza y revolución interna de sentimientos, necesito que algo nazca. Tal vez es la razón por la que hoy, 17 de junio de 2008, nace Clio Buenos Aires.

Clio